DE LOS COTIDIÁFONOS AL TALLER DE BAMBÚ, TRAYECTORIA DE UNA PRODUCTORA RURAL DE LA ECONOMÍA POPULAR DEL DELTA DEL PARANÁ (BUENOS AIRES, ARGENTINA)


RESUMEN

El bambú es una planta habitualmente presente en numerosos jardines, bosques y caminos de las islas del Delta inferior del Río Paraná, sin embargo, en Argentina son poco conocidas las potencialidades de esta planta y se la desprecia como un sustituto de mala calidad de la madera. En los últimos años, un grupo de isleñes comenzó a explotar el bambú a pesar de contar con escaso capital, empleando por tal motivo herramientas de la vida cotidiana para cosechar y procesar el recurso. En este artículo describo y caracterizo el estado actual del sector bambusero en el Bajo Delta, a cuyos productoris caracterizo en la intersección de las categorías de la Economía Popular y la Agricultura Familiar. Luego analizo el caso particular de una profesora de música que comenzó fabricando instrumentos en caña para sus hijes y alumnes, y hoy lleva adelante un importante taller con un amplio y creciente catálogo de productos en bambú.

PALABRAS CLAVE: Bambú, Delta del Paraná, Economía Popular, Agricultura Familiar.

 


FROM EVERYDAY-OBJECTS MUSICAL INSTRUMENTS TO A BAMBOO WORKSHOP, TRAJECTORY OF A RURAL WOMAN PRODUCER FROM THE POPULAR ECONOMY IN THE PARANÁ DELTA (BUENOS AIRES, ARGENTINA)

 

ABSRACT

Bamboo is a plant commonly found in many gardens, forests and pathways on the islands of the lower Paraná River Delta. However, in Argentina, this plant’s potential has not been deeply explored, as it is disdained as a poor-quality substitute for timber. In recent years, a group of islanders began exploiting bamboo despite having quite limited capital, using tools adapted from everyday life instead to harvest and process the resource. In this article, I describe and characterize the current state of the bamboo sector in the Lower Delta, whose producers I depict within the intersection of the categories of Popular Economy and Family Farming. Then I analyze the particular case of a music teacher who initially began making cane instruments for her children and students, and nowadays runs an important workshop with a wide and growing catalog of bamboo products.

KEYWORDS: Bamboo, Paraná Delta, Popular Economy, Family Farming.

 

DOS INSTRUMENTOS MUSICAIS DE OBJETOS COTIDIANOS À MARCENARIA DE BAMBU, A TRAJETÓRIA DE UMA PRODUTORA RURAL NA ECONOMIA POPULAR DO DELTA DO PARANÁ (BUENOS AIRES, ARGENTINA).

 

RESUMO

O bambu é uma planta comumente encontrada em muitos jardins, florestas e caminhos nas ilhas do Delta inferior do Rio Paraná. Não obstante, em Argentina o potencial dessa planta é pouco conhecido e ela é desprezada como um substituto de baixa qualidade para a madeira. Nos últimos anos, um grupo de ilhéus começou a explorar o bambu apesar de seu capital limitado, utilizando, portanto, ferramentas cotidianas para coletar e processar o recurso. Neste artigo, descrevo e caracterizo a situação atual do setor de bambu no Baixo Delta, cujos produtores caracterizo na interseção das categorias de Economia Popular e Agricultura Familiar. Em seguida, analiso o caso particular de uma professora de música que começou a fabricar instrumentos de cana para seus filhos e alunos e hoje tem uma importante marcenaria com um amplo e crescente catálogo de produtos de bambu.

PALAVRAS-CHAVE: Bambu, Delta do Paraná, Economia Popular, Agricultura Familiar.

 

 

INTRODUCCIÓN

El propósito de este artículo es analizar y describir las condiciones en las que se lleva a cabo la producción de bambú en las islas del Delta Inferior del Río Paraná, en la provincia de Buenos Aires, Argentina. A través de un relevamiento etnográfico he podido determinar que esta actividad, a pesar de haber sido promocionada en un período reciente por el estado provincial, continua siendo marginal en la economía de la región, y se lleva a cabo en condiciones de elevada precariedad. Según mis registros, la mayoría de los productores y productoras isleñes[2] de bambú, producen en cañaverales abandonados y/o asilvestrados, con herramientas re-adaptadas de la vida cotidiana en un ambiente boscoso como el Delta. Producto de estas condiciones -la utilización de recursos naturales ociosos y herramientas adaptadas de la vida doméstica-, mi objetivo en este artículo es demostrar la pertinencia del entrecruzamiento de las categorías de Economía Popular y Agricultura Familiar para la conceptualización de estes productoris.

Metodológicamente, mi investigación se basa en más de siete años de trabajo de campo junto a productoris de escala doméstica del Delta de Tigre de diferentes rubros, con cinco años dedicados especialmente a les bambuseres. Adicionalmente, desde 2020 soy secretaria de una cooperativa, Origen Delta, de productoris artesanales locales e impulso junto a elles diferentes proyectos para fomentar el desarrollo de la economía popular en la región y el agregado de valor en origen a los derivados del bambú. Se trata, por lo tanto, de un proyecto de investigación-acción (Greenwood, 2000) anclado en una perspectiva etnográfica basada en una forma radical de observación participante denominada inmersión plena (Guber, 1990; Jorgensen, 1989).

Por otro lado, consideré pertinente incluir este análisis en un dossier sobre objetos cotidianos por tres factores. Por un lado, el término bambú abarca a un conjunto de especies de plantas con amplia distribución a nivel mundial. En Argentina contamos tanto con especies nativas como introducidas. Muchas personas conviven cercanamente con el bambú, sin embargo, la identificación de la planta genera controversias. Productoris e investigadoris hemos escuchado numerosas veces el comentario ‘pero si en Argentina no hay bambú, eso es tacuara’, incluso en ocasiones con cierto tono despectivo en este último vocablo. En el imaginario local el bambú es un elemento exótico asociado a los países asiáticos (con el que algunas personas saben que se pueden fabricar productos innovadores); en cambio, las cañas disponibles en nuestro país serían para estes crítiques serían una planta mucho menos valiosa y de escasa utilidad.

Sin embargo, un análisis histórico, biológico y lingüístico permite ver que, por un lado, Bambusoideae es una subfamilia de plantas de distribución global con más de 1600 especies de cañas.  Sudamérica y Argentina cuentan, asimismo con una importante variedad de especies nativas. Por otro lado, tacuara es un vocablo de origen guaraní que no designa a una especie en particular, sino que significa genéricamente caña (Coll, 2012). A su vez, especies asiáticas han sido introducidas en nuestro país hace más de 100 años y muchas de ellas han colonizado diversos ambientes, al punto de que a le observadore no entrenade pudiera parecerle que están allí naturalmente. Incluso mucha gente denomina tacuara, por considerar que es nativa, a una especie ampliamente difundida (Phyllostachys aurea) que en realidad es de origen asiático. Por último, correctamente cosechadas y tratadas, tanto las especies locales como las introducidas pueden dar lugar a una amplia variedad de usos, no existen elementos técnicos que permitan afirmar intrínsecamente la mayor o menor calidad de una especie solo por su origen. Por lo tanto, se trata de una planta que, por su cercanía y cotidianeidad, padece una infravaloración. Considero que la visibilización del trabajo que realizan les productoris isleñes y de los usos que pueden darse al bambú puede contribuir a un proceso de revalorización positiva.

En segundo lugar, en esta condición de recurso infravalorado, el bambú ha recibido escasa atención por parte de programas estatales o grandes inversoris que puedan potenciar el desarrollo del sector. Como consecuencia en la región deltaica hasta el momento sólo se dedican al bambú productoris de muy pequeña escala, que incorporaron el bambú dentro de un repertorio de estrategias para generar ingresos adicionales en un contexto adverso. Pudieron hacerlo porque es una planta sencilla de cosechar, procesar y transportar con instrumental habitual para personas que viven en un entorno boscoso como el Delta, en el que una sierra, un machete o una pequeña embarcación representan elementos de la vida cotidiana. Este empleo de herramientas de la vida cotidiana es una de las características de lo que hoy en día se denomina como Economía Popular (EP), categoría cuya revisión y aplicación, junto con la de Agricultura Familiar (AF), es el objetivo de este articulo.

En tercer lugar, el caso seleccionado para ilustrar la aplicabilidad de las categorías teóricas al análisis de la producción de bambú tiene una particular relación con lo cotidiano. Se trata de la trayectoria de Belén, una docente de música que tempranamente en su carrera incursionó en la fabricación de cotidiáfonos, instrumentos musicales construidos a partir del reciclaje de objetos de la vida cotidiana. Cuando comenzó a transitar el Delta y conoció el bambú, utilizó su experiencia previa en la fabricación de tales instrumentos, los cañaverales infravalorados que crecían en su arroyo y las herramientas que tenía al alcance de la mano para fabricar instrumentos didácticos de manera artesanal, tomando tres elementos que hacían parte de su cotidianidad y combinándolos en una actividad que se convirtió en un factor central de su sustento e identidad.

El presente artículo se estructura de la siguiente manera: luego de esta introducción realizo una breve revisión del contexto histórico-económico del Delta Tigrense y de cómo fue introducido y fomentado el bambú en la región. En segundo lugar, reflexiono sobre cómo las categorías de AF y EP pueden combinarse para describir a un sector de la población que desarrolla estrategias laborales de autoempleo en condiciones de precariedad o marginalidad en espacios rurales. A continuación, hago una descripción general de las formas en las que suele trabajarse el bambú en el Delta, para luego pasar al estudio de caso e Belén y finalizar con unas reflexiones sobre lo expuesto.

 

EL DELTA, ENTRE LA PRODUCCIÓN Y EL TURISMO

El Delta del Río Paraná es un conjunto de islas, ríos y arroyos de aproximadamente 320 km de largo, cuyo tramo final bordea varios municipios del Área Metropolitana de Buenos Aires (AMBA), notándose un fuerte contraste entre los espacios urbanos densamente habitados y la población y residencias dispersas de las islas adyacentes.

Tradicionalmente la historia moderna[3] del Delta bonaerense suele dividirse en tres períodos (Galafassi, 2001). El primero, de la segunda mitad del siglo XIX hasta mediados del siglo XX, donde la actividad económica predominante fue la fruticultura. El segundo período se caracteriza por la crisis de fruticultura y su reemplazo por la forestación a gran escala. En esta etapa se observa un proceso de concentración de la tierra y un intenso éxodo. A su vez, comienza una diferenciación subregional: el viraje descripto es más intenso en las secciones del Delta más alejadas del AMBA, mientras que en las islas correspondientes al municipio de Tigre (más cercano a la ciudad) se da un abandono de quintas que da lugar a la adquisición de viviendas por parte de sectores de clases medias urbanas (Halpin, 2023)para segunda residencia (Gascón & Cañada, 2016). A partir de la década de 1990, se produce una fuerte intensificación de la turistificación en Tigre (Bertoncello & Iuso, 2016; Halpin, 2023), profundizando el debilitamiento del entramado productivo local y la orientación de instituciones e infraestructura hacia el turismo (De Jager, 2016; Halpin, 2023; Olemberg, 2015), conformando un escenario de desagrarización y penetración de nuevas actividades típico de la nueva ruralidad (Giarraca, 2001)

En el año 2008, la Dirección Provincial de Islas (DPDI, organismo estatal bonaerense), basada en un diagnóstico de necesidad de fortalecer el perfil productivo del Delta y generar arraigo poblacional (Peña & Tokatlian, 2013), propuso un plan de puesta en valor del bambú que funcionó hasta 2015.

En el Delta, las especies de bambú más usuales no son nativas, sino que fueron introducidas como cultivo auxiliar de la las plantaciones frutales entre fines del siglo XIX y principios del XX, por sus funciones protectoras contra la erosión. Con la crisis de la fruticultura, muchas plantaciones fueron abandonadas, pero los cañaverales continuaron expandiéndose y hoy pueden encontrarse numerosos bosquecillos creciendo de manera asilvestrada (Peña & Tokatlian, 2013). Hoy en día también se expande porque se ha popularizado su uso como cerco vivo u otros fines ornamentales. Desde su introducción, siempre hubo personas que encontraron diversos usos hogareños para las cañas (quinchos y tinglados, cercos, bastidor en paredes de barro, etc.), pero el bambú no era considerando un cultivo tradicional del Delta.

La iniciativa de generar un nuevo polo productivo en torno el bambú puede ser considerada como parte de una tendencia internacional creciente en las últimas décadas de fomento al bambú. Efectivamente, el bambú ha cobrado un protagonismo creciente en múltiples agencias ligadas a la planificación del desarrollo en diversos países (Acosta-Leal, 2021; Lobovikov et al., 2007; Long et al., 2022; SERFOR, 2021; Zhaohua & Wei, 2021; entre otros). Les promotoris coinciden en señalar una serie de beneficios relacionados a la labranza del bambú. Por un lado, los ambientales: gran captación de dióxido de carbono, fijación y conservación de suelos, regulación y saneamiento hídrico, entre otros. Por otro lado, socio-económicos: ciclos de producción y retorno de inversión menores en comparación a otros cultivos forestales; mayor rentabilidad para unidades de producción de pequeña escala (por las particularidades del trabajo de mantenimiento y cosecha); alta ocupación de mano de obra, baja dependencia de insumos agro-industriales (como fertilizantes sintéticos y agrotóxicos), amplia diversidad de derivados (construcción, artesanías, gastronomía, herboristería y cosmética, industria textil, papelera y más) (Liese & Köhl, 2015).

Si bien el programa de la DPDI se proponía colaborar en un proceso de desarrollo regional sustentable, debió enfrentar diferentes adversidades y reformularse en el proceso (Halpin, 2022a). El programa incluía entre sus planteos iniciales una serie de propuestas referidas a la industrialización del bambú y la creación de un polo productivo regional. Sin embargo, la propuesta nunca logró entusiasmar a funcionaries provinciales de mayor jerarquía o a grandes inversoris. Sus legados más importantes fueron, por un lado, un cúmulo de investigaciones y dos libros de difusión que al día de hoy se sigue utilizando como referencia en la región. Por otro lado, una serie de talleres para difundir las propiedades y formas adecuadas de manejo de bambusales, así como diversas formas de aprovechamiento de las cañas y brotes comestibles. El programa contó con severas limitaciones presupuestarias y diversas problemáticas de diseño operativo y vinculación inter-institucional que restringieron su capacidad de acción (Halpin, 2022a). Fue discontinuado con el cambio de gobierno provincial ocurrido en 2015 y no fue retomado cuando la anterior coalición retornó a la gestión en 2019.

Por otro lado, si bien el Delta Bonaerense tiene una fuerte tradición forestal, este sector no sólo no mostró interés en un cultivo forestal alternativo de bambú. Las razones para esta actitud son complejas de determinar (he realizado una aproximación tentativa en (Halpin, 2022b)). A los fines de este artículo basta con mencionar que, se trata de un sector con predominio de unidades productivas de gran tamaño (unidades de tipo empresarial o de gestión familiar pero con altos niveles de capitalización) (Olemberg, 2015), con entidades de representación sectorial con interlocución con diversos organismos del Estado, y una impronta territorial muy marcada (Pizarro, 2019). Como veremos en los próximos apartados, todas estas características resultan sumamente contrastantes con las del sector bambusero.

Concluida esta breve descripción de las principales actividades económicas del Delta, y antes de adentrarme de lleno en las condiciones actuales de producción de bambú, quisiera reflexionar sobre algunos conceptos teóricos de creciente circulación en los estudios rurales y en el ámbito de las políticas públicas que servirán de apoyo para la caracterización del sector bambusero. Me refiero a los conceptos de AF y EP.

 

‘INVENTARSE EL TRABAJO’ EN EL ÁMBITO RURAL: AGRICULTURA FAMILIAR Y ECONOMÍA POPULAR.

En la década de 1990 se vivió en nuestro país y sus vecinos un fuerte proceso de transformaciones neoliberales que tuvo profundos efectos en el mundo rural, y profundizó la brecha entre productoris agropecuaries integrades y excluides. En dicho contexto, surgió en los estudios y programas rurales latinoamericanos un nuevo concepto, para referirse a las unidades productivas rurales de pequeña escala, la categoría de agricultura familiar. No es el objetivo de este artículo profundizar en los debates y articulaciones que este concepto genera con otros como los de campesinado, pequeñes productoris o chacareres[4], por lo que sólo me centraré en su operabilidad práctica. Según Craviotti:

“La agricultura familiar, como noción conceptual y operativa que engloba a un heterogéneo conjunto de productores que recurren al trabajo de sus familias, toma cuerpo a comienzos del nuevo milenio en Argentina […] en un contexto donde se recuperan las capacidades estatales de formulación y ejecución de políticas [situación que] afianzó equipos técnicos orientados al sector y su vinculación con organizaciones sociales –tanto de base como ONGs– y contribuyó a moldear una visión de la agricultura familiar como sujeto productivo con características propias” (2014, p. 175).

Para la autora el concepto de AF permite profundizar la mirada con respecto al de pequeñe o mediane productore, pues no toma en cuenta sólo las características de la unidad de explotación económica, sino que integra otros criterios de carácter social, como se verá a continuación. Craviotti señala que a tono con las tendencias regionales y, a partir de la gestión asociada entre el Estado y las organizaciones del Foro Nacional de la Agricultura Familiar, se crea en Argentina en el año 2007 el Registro Nacional de la Agricultura Familiar (RENAF), que busca producir información sobre posibles destinataries de políticas públicas focalizadas. Este ente, establece como unidad de registro y análisis al “Núcleo de Agricultura Familiar”, esto es “…una persona o grupo de personas, parientes o no, que habitan bajo un mismo techo en un régimen de tipo familiar; es decir, que comparten sus gastos en alimentación u otros esenciales para vivir y que aportan o no fuerza de trabajo para el desarrollo de alguna actividad del ámbito rural” (RENAF, 2009, p. 14)[5].

 A su vez, el Registro dispone que dicho núcleo posea residencia en áreas rurales o a una distancia que permita contactos frecuentes con la producción; una proporción de mano de obra familiar en el total de la mano de obra empleada superior al 50% y la contratación de no más de 2 trabajadores asalariados permanentes (RENAF, 2009, p. 17). Por otro lado, el mismo documento establece que

“…las familias pueden realizar actividades agrícolas, ganaderas o pecuarias, pesqueras, forestales, las de producción agroindustrial y artesanal, las tradicionales de recolección y el turismo rural (…) sin importar si el destino de esas actividades es la venta, el autoconsumo o el trueque, o si se trata de la actividad principal o una secundaria del hogar” (RENAF 2009, p. 15–16).

Los estudios sociales agrarios han recurrido tradicionalmente al análisis de qué agentes aportan el trabajo y en que formatos para caracterizar a los tipos de productores agrarios (Caracciolo de Basco et al., 1981). En este sentido, la definición del RENAF presenta una clara continuidad con el clásico trabajo de Chayanov (1974) sobre las dinámicas de la organización del trabajo de las unidades domésticas campesinas, al mismo tiempo que es lo suficientemente flexible como para permitir actualizarla / articularla con los fenómenos de la nueva ruralidad.

Chayanov (1974) sostenía que la economía campesina tenía una especificidad propia, “no se basaba en el mismo tipo de cálculo de la empresa capitalista, sino que se orientaba hacia las necesidades de consumo de la unidad doméstica” (Fleitas et al., 2020, p. 76). Necesidades que, incluso, van cambiando a lo largo del ciclo familiar. En la lógica campesina, enfatiza el autor, existe una clara preferencia a optar por el trabajo de les miembres del grupo doméstico frente a la contratación de terceres, pues la contratación implica una erogación palpable, mientras que le campesine tiende a no contabilizar la propia fuerza de trabajo como un costo. Les campesines tenderán a extender la cantidad y/o intensidad de trabajo de elles y sus familiares en condiciones de trabajar -es decir, su auto-explotación- hasta donde sea físicamente posible para hacer frente a las necesidades domésticas; y la contratación será sólo una última opción en caso de no alcanzar a satisfacerlas.

Siguiendo a Balbi (2008), considero que si bien hoy en día sería sumamente idealista plantear que existan unidades que excluyan totalmente el cálculo de la obtención de ganancias en la planificación de sus actividades, sostengo que les productoris de escala doméstica siguen teniendo una preferencia por la prolongación de la propia jornada laboral frente a la contratación de mano de obra.

De todas formas, para generar una categoría más específica dentro de la AF considero pertinente la incorporación de otro concepto cuya aplicación se ha extendido en los últimos años en las ciencias sociales, el de Economía Popular (EP). Este concepto remite al conjunto de actividades desarrolladas por los sectores populares a través de su propia fuerza de trabajo y los recursos disponibles con miras a garantizar sus necesidades básicas y la reproducción de la vida (Icaza & Tiribia, 2004). Se trata de procesos económicos periféricos de

“…producción, circulación e intercambio de bienes, servicios, cuidados y otros frutos del trabajo humano, que nacen en los intersticios y periferias urbanos y rurales como espontánea resistencia económica frente a la exclusión social” (Grabois & Pérsico, 2015, p. 34).

La disponibilidad de recursos refiere a medios de producción de relativamente fácil acceso por tratarse de

“…materiales, mercancías, maquinarias y espacios de trabajo que son baratos, residuales, de acceso público, transmitidos por la tradición, recuperados de la ociosidad o adquiridos a través de la lucha social” (Grabois y Pérsico, 2015, p. 34).

Incluso, en muchos casos la relación con dichos medios no es siquiera de propiedad, sino de tenencia, posesión o mero usufructo, ya sea en forma individual o comunitaria Como suele decirse en el propio ámbito militante de la EP, se trata de personas que han debido ‘inventarse su trabajo’ con aquello que tienen a la mano y/o lo descartado por otres, para hacer frente a la exclusión económica (Grabois y Pérsico, 2015). Son estos aspectos de la definición de EP las que me permiten emparentarla con la el empleo de herramientas de la vida cotidiana.

En sintonía con Grabois y Pérsico (2015) y Navós (2019) sostengo la pertinencia de la intersección de las categorías de AF y la EP en el ámbito rural para referirse a aquellas personas que han iniciado proyectos agropecuarios o de silvicultura valiéndose de herramientas hogareñas y en pequeñas parcelas, terrenos fiscales u otras tierras ociosas, y con la fuerza de trabajo del propio grupo doméstico como principal factor de trabajo. Esta intersección permite enfocarse en un segmento específico de la AF, aquelles productoris de menor escala que se encuentran en una situación de mayor precariedad, ya sea por deficientes condiciones de acceso a la tierra para producir, o por el bajo nivel de capitalización y/o tecnología empleados en el proceso laboral.

En el próximo apartado, profundizaré en los elementos que me permiten considerar a les productoris de bambú del Delta en la intersección descripta.

 

 

TRABAJAR CON LO QUE SE TIENE A LA MANO, REDESCUBRIR UN RECURSO SUB-APROVECHADO

Como mencioné anteriormente, abundan en el Delta gran cantidad de cañaverales creciendo de manera asilvestrada, pero no hay una gran tradición de utilización de este recurso con fines comerciales. Y a pesar de que hubo un programa provincial de fomento de cerca de ocho años, la producción de bambú se mantiene al día de hoy en condiciones de marginalidad. Se encuentra primordialmente en manos de productoris de muy pequeña escala. En muchos casos se trata de proyectos unipersonales, que contratan mano de obra en forma eventual o que se asocian por periodos o para tareas específicas.

Según mi mapeo en el Delta tigrense existen al menos quince unidades productivas (que involucran a unas veinticinco personas) que utilizan el bambú para fines comerciales de manera recurrente, más un número difícil de cuantificar de unidades que venden cañas ocasionalmente o cosechan brotes comestibles para consumo personal. De los proyectos comerciales registrados: seis se orientan a brotes, cuatro tienen una producción mixta (brotes y cañas); y el resto se dedican exclusivamente a la producción y/o procesamiento cañas maduras. De la totalidad de productoris de bambú registrados, sólo dos tienen a esta planta y sus derivados como su principal fuente de ingresos.

Les bambuseres suelen cosechar y procesar con aquellas herramientas usualmente presentes en la vida isleña, un ambiente boscoso donde es común la necesidad de despejar caminos y jardines, calefaccionarse con leña, con casas y muelles construidos en madera que requieren mantenimiento frecuente. El corte puede hacerse con machete, sierra o serrucho, o con una sierra eléctrica o de motor a combustión de pequeño porte. Para trabajar las cañas pueden utilizarse una agujereadora hogareña, sierra de mano, papel de lija, etc. Para cosechar y cocinar brotes no se necesita mucho más que un cuchillo, una cacerola y una cocina convencional. El bambú es mucho más liviano y fácil de transportar que la mayoría de las especies arbóreas que se utilizan en la industria maderera, por lo que para su logística suele bastar una lancha o canoa de mediano porte o una embarcación de tipo tracker, que podrían considerarse el equivalente de una camioneta pequeña en la ciudad.

La mayoría de les productoris actuales comenzaron sus emprendimientos de esta manera. Algunos han reemplazado alguna herramienta manual por una eléctrica, o alguna herramienta de mano por otra de banco para trabajos de mayor precisión, pero el nivel de capitalización sigue siendo bajo. Con respecto al espacio de trabajo, la situación es variada. Si bien algunos productores han podido montar talleres en sus propios hogares o espacios aledaños, si se quisiera incorporar maquinaria de mayor porte, también se encontrarían limitaciones, porque ya se requiere otra infraestructura.

Como se ve, estas estrategias productivas reflejan claramente lo descripto en la definición de la categoría de EP. A su vez, al darse en un entorno rural y verse fuertemente condicionada por los ciclos naturales de crecimiento y cosecha, así como por factores climáticos, y, fundamentalmente, por las condiciones de acceso a tierra para producir, considero que la actividad de les bambuseres, deben ser considerados como productoris rurales de escala doméstica precarizades, en el sentido antes descripto al analizar la AF. En muchos de los casos, la actividad se da en combinación con otras estrategias reproductivas, que pueden incluir incluso el trabajo asalariado, pero esto también está contemplado en las definiciones de AF y es una característica común de las nuevas ruralidades.

En relación al acceso a la tierra, en la mayor parte de los casos, les productoris no son dueños de los cañaverales donde obtienen la materia prima, ni tampoco poseen una extensión de tierra que les permita obtener caña a una escala que pudiera suplir sus niveles actuales de demanda. No existen -o son escasas y pequeñas- plantaciones de bambú en el sentido convencional del término. Es decir, parcelas cultivadas donde una persona controla el acceso a la tierra, las variedades y cantidades a sembrar, y aprovecha de manera sistemática los productos obtenidos. La forma mayoritaria de explotación consiste en el aprovechamiento de los cañaverales ociosos/silvestres.

La información sobre dichas fuentes de recurso se ha convertido en un bien valioso y celado para les productoris sin cañaverales. Dado que hay muchas personas que tienen cañaverales, pero que no tienen interés, tiempo o capacidad para explotarlos, les productoris han establecido diferentes acuerdos con elles. En algunos casos, pagan un canon general por el acceso, en otros, pagan por cada caña extraída o por kilo de brote cosechado. En otros casos, las personas brindan voluntariamente acceso a su cañaveral porque entienden que se benefician de la cosecha funcione como una forma de control del crecimiento de las matas.

De todos modos, estas soluciones son fluctuantes: porque varían las percepciones sobre el uso y valor de las cañas y se modifican el acceso y los acuerdos; porque reaparecen viejes dueñes de terrenos supuestamente abandonados; o porque se compra-venden terrenos y les nueves dueñes no están interesades en los acuerdos; porque otra persona ingresa en el cañaveral y lo interviene con métodos inadecuados que afectan la salud y el rendimiento del mismo[6]. De esta manera, el escenario general para la mayoría de les productoris analizados no deja de tener una importante dosis de precariedad e incertidumbre. Mi diagnóstico, el cual vengo desarrollando en mi investigación doctoral, sostiene que la incapacidad o dificultad de les productoris de bambú para acceder a la propiedad y/o control efectivo a cañaverales en cantidades suficientes actúa como un factor de peso que influye negativamente en las posibilidades de crecimiento y desarrollo de la actividad.

En vista de lo expuesto, considero que queda justificada la inclusión de les productoris de bambú en la intersección de las categorías de EP y AF. Sin embargo, estas categorías no son estancas, y a pesar de múltiples adversidades, existen experiencias que eventualmente logran prosperar y superar la mera reproducción. A continuación analizaré la trayectoria de una elaboradora de instrumentos musicales y otros objetos a partir de las cañas cosechadas en el Delta que ha crecido considerablemente desde su surgimiento hace quince años, al punto de que hoy tiene algunas características que la colocarían por encima de las categorías de EP y AF. Sin embargo, como analizaré a continuación, ciertos elementos de precariedad y auto explotación, aún presentan una importante relación con aspectos centrales de los conceptos mencionados.

LA EXPERIENCIA DE SUFLAIFLA : BAMBÚ A PESAR DE TODO

SUFLAIFLA es un proyecto de instrumentos musicales y elementos didácticos fabricados en bambú, liderado por Belén[7], una mujer de 44 años proveniente de San Rafael, provincia de Mendoza[8]. A través de la trayectoria de esta persona, intentaré mostrar ciertas características típicas de los emprendimientos de la EP-AF, como la invención del propio trabajo con elementos cotidianos, la refuncionalización del espacio doméstico, el peso de la auto-explotación y la importancia de los ciclos familiares en la organización de la unidad económica. Para ello, necesitaré narrar ciertos detalles de su historia de vida, que permitirán comprender más cabalmente las restricciones y circunstancias particulares en que su proyecto se ha desarrollado. Algunos de estos detalles podrán parecer triviales al principio, pero una vez completa la descripción, se comprenderá mejor el rol que juegan en la configuración y dinámica del emprendimiento, y por qué considero que el proyecto puede seguir siendo considerado emparentado con la AF y la EP.

MB, proveniente de una familia de clase media-baja, estudió el Profesorado de Música en su ciudad natal y con poco más de 20 años, migró a Buenos Aires, donde se dedicó a la enseñanza en distintos niveles de la educación formal. Adicionalmente, se vinculó con la música integrando diferentes bandas y diversos espectáculos sonoros, muchos de ellos vinculados a sus originales cotidiáfonos, instrumentos creados a partir de objetos cotidianos reciclados. A partir de 2006 comenzó a transitar el Delta, en primera instancia, en una vivienda alquilada. En el año 2008, compró un terreno junto con el que sería el padre de sus hijos, donde construyeron una casa.

Cabe aclarar que hasta el momento Belén no había poseído nunca una vivienda propia, y que el precio de la tierra en el Delta[9] y la posibilidad de la auto-construcción fueron para ella, al igual que para muches isleñes migrantes recientes, la única perspectiva de escapar de la condena eterna del alquiler. Incluso en estas condiciones, Belén y su pareja necesitaron de la ayuda monetaria familiar para acceder al terreno. Belén continuaba trabajando de docente y con sus proyectos musicales en la ciudad (continuaban alquilando un departamento en la Capital Federal), pero pasaba en el Delta la mayor cantidad de días a la semana posibles. Su pareja también tenía trabajos relacionados con la música, pero su trayectoria laboral era mucho más inestable; ella siempre fue el principal sostén económico del hogar, y quien financió la mayor parte de la construcción de la vivienda. Sus hijos, nacidos en 2008 y 2010, pasaron gran parte de su primera infancia en el Delta, hasta la edad de escolaridad obligatoria (igualmente, por muchos años los niños faltaron un día a la semana a la escuela para prolongar las estadías familiares en el Delta).

Belén se sintió atraída por el bambú desde sus primeras visitas al Delta y con su experiencia de luthería casera previa, rápidamente comenzó a crear instrumentos y juguetes para sus hijos, a estudiar la planta, sus ciclos y propiedades. Habiendo construido gran parte de su propia casa en madera y desmontado el espacio necesario del terreno, ciertamente ya contaba con herramientas para cosechar y fabricar artefactos. A partir de 2012, Belén empezó a fabricar instrumentos en forma más regular: se encontraba dando clases de música en establecimiento público de nivel inicial y nunca había allí suficiente material didáctico en buenas condiciones para todes les alumnes. Sus compañeras de trabajo y otres allegades pronto apreciaron la calidad de sus instrumentos, y comenzaron a realizarle encargos para sus propies hijes. Allí, ella percibió la veta comercial y comenzó a incrementar la producción y a concurrir a ferias para venderla.

En un principio Belén realizaba la cosecha en los cañaverales aledaños a su casa, y la fabricación en el propio hogar isleño, al que luego fue necesario acondicionarle un cuarto para convertirlo en taller, para controlar la circulación de ruido y polvo. A su vez, Belén pasó a explotar y cuidar la mayor parte de los bambusales existentes en el arroyo. Estos se encontraban en las propiedades de diferentes vecines y en los caminos comunales. Nadie se ocupaba de su mantenimiento sistemático, por lo que crecían fuera de control e incluso complicaban periódicamente la circulación, por este motivo el trabajo de cosecha y limpieza de Belén era reconocido y valorado por les vecines.

A medida que el emprendimiento crecía, Belén comenzó a delegar algunas tareas no centrales de la producción (pintura, colocación de cintas u otros elementos accesorios) en familiares de su pareja (ella, como migrante de otra provincia, no cuenta con familiares directos en el área). Aprovechaba los reiterados viajes entre el Delta y la ciudad para llevarle los instrumentos y las materias primas, y recogerlos en la siguiente visita, articulando así la producción de varias unidades domésticas en un esquema flexible e informal, basado en lazos en la movilización de lazos personales. Con el proyecto más consolidado encomendó parte del trabajo de venta en su esposo (que en un principio no apoyaba el proyecto, sin embargo, frente a su situación de desempleo y el éxito de Suflaifla , se acopló al mismo).

Considero que los elementos reseñados permiten considerar el emprendimiento como perteneciente a la EP. Sin embargo, ¿se puede considerar a una persona o familia que habita alternadamente entre la ciudad y el medio rural como perteneciente a la AF? Claramente no es un caso “puro”. Empero, teniendo en cuenta las fronteras porosas entre lo urbano y rural (que se han multiplicado con la nueva ruralidad) y las definiciones del RENAF se puede observar que existen multiplicidad de formas mixturadas. El RENAF menciona explícitamente la posibilidad de residencia “en áreas rurales o a una distancia que permita contactos frecuentes con la producción” (2009, p.17); en este caso, las visitas eran semanales y permitían un manejo exitoso de los bambusales. El proyecto surgió claramente del contacto con la vegetación local: si bien moviliza saberes previos, se ancla en la facilidad de acceso a cañaverales que una segunda residencia en el medio rural permitía. Es incluso, la propia constancia del contacto y cuidado de los bambusales, lo que le asegura la calidad de la materia prima. Ésta, justamente, es obtenida y procesada por la propia cabeza económica del hogar, más allá de que ésta tenga otros ingresos salariales, posibilidad contemplada por la definición de AF analizada.

En todo caso, no me interesa discutir la pertenencia exacta a tal o cual estrato, sino mostrar la utilidad de la categoría de AF como herramienta de análisis que permite visibilizar situaciones híbridas que, lejos de ser anomalías, son resultado de nuevas y cambiantes estructuras. Descubrir nuevos fenómenos que escapan a percepciones tradicionales o esquemáticas es uno de los motores del conocimiento.

Tristemente, me toca a continuación describir como otra estructura trastocó el desarrollo de este emprendimiento. Me refiero a la violencia patriarcal (Segato, 2003). A lo largo de los años, la pareja de Belén comenzó a tener cada vez más variados e intensos comportamientos de violencia de género. Si bien la situación era dura para ella, los condicionantes económicos no le permitían salir de la situación de convivencia con este hombre. Los actos violentos continuaron escalando a niveles crudísimos, y Belén debió buscar refugio en una oficina abandonada en un viejo galpón de un antiguo amigo[10], y, en plena emergencia, reacondicionar dicho espacio como hogar para ella y sus hijos.

Es sabido que los vínculos con violencia de género atraviesan diferentes ciclos, y que la persona violentada pueda romper totalmente con ellos suele implicar varias etapas. En este caso, luego de los picos de violencia física directa y la separación, sobrevino un período de búsqueda de acuerdos para poder sobrellevar aspectos que aún obligaban a Belén a vincularse con el padre de sus hijos. Para la casa-taller en el Delta, acordaron un régimen alternado de uso. Para el cuidado de los niños (luego de intervenciones judiciales), un régimen dividido de custodia. Laboralmente, ella decidió mantenerlo como encargado de ventas, porque pensaba que dejarlo sin trabajo era atentar contra sus propios hijos. [A1] 

Lamentablemente, en un recrudecimiento de la violencia bajo otros formatos, él victimario decidió cambiar la cerradura y prohibirle el acceso a la casa y taller que Belén poseía en el Delta, apropiándose incluso del equipamiento que ella había ido adquiriendo para trabajar las cañas. Ante este hecho, Belén se vio obligada invertir en nuevamente en diversas máquinas y herramientas y convertir otro sector del galpón que habitaba en su taller principal. Afortunadamente, el proyecto había sido lo suficiente exitoso para permitirle acumular cierto capital y reiniciar el proceso productivo. Para reponer algunas máquinas, logró obtener un subsidio de un programa estatal para pequeños emprendimientos.

Llamativamente, tras el infortunio de tener que montar un nuevo hogar, surgió un impacto positivo para Belén al poder montar la vivienda y el taller en un mismo edificio. Este hecho le posibilita combinar los tiempos de cuidado de sus hijos con los de la producción y obtener así una jornada de trabajo más extendida. Si bien en esta etapa Belén se vio forzada a contratar a algunas personas para trabajar en el taller (ya no contaba con familiares a les que recurrir, pero se apoyó en diferentes allegades). Ella retomó la labor de ventas y mantuvo en sus manos -como desde el inicio- el proceso de cosecha y de obtención de la materia prima.

El mecanismo de Belén para mantener a flote y creciendo su proyecto, ha sido -cual campesine tradicional- prolongar su jornada laboral (Chayanov, 1974). No sólo aprovecha los momentos en que los niños [A2] [A3] están en la escuela. En el hogar-taller, ella ha podido trabajar mientras ellos juegan o realizan tareas escolares, producir mientras cocina o trabajar hasta altas horas de la noche. Según mis registros, ha llegado a implementar jornadas de hasta 18 o 20 horas de trabajo diario[11]. Algunos días, su labor se reparte entre la docencia, los cuidados familiares y las tareas de Suflaifla. En otras jornadas, sus tareas se  reparten sólo entre dos de estos frentes. Y en algunas oportunidades, como cuando los hijos pasan el fin de semana con su padre, puede dedicarse extensa y exclusivamente a su labor de luhteria y creación en bambú

En cuanto a las labores de aprovisionamiento de materia prima, si bien esporádicamente ha podido cosechar de los cañaverales que antes cuidaba, esto implica riesgos (por el posible encuentro con su agresor), y la falta de mantenimiento periódico ha implicado una disminución de la disponibilidad de cañas de  buena calidad. Esto la ha llevado a tener que buscar nuevos cañaverales. Así, ha logrado establecer algunos acuerdos con otres conocides isleñes que le permitan cosechar sin cargo; en otros casos recurre a pagar por acceder a un determinado bambusal. Con cierta regularidad, aprovecha un cañaveral en un terreno con dueñe ausente. Por la ya explicada relación entre manejo adecuado de un bambusal y la calidad y disponibilidad de las cañas que se pueden obtener, frecuentemente expresa haberse encariñado con dicho bambusal, así como la inquietud de eventualmente dejar de poder ingresar a él.

La violenta exclusión no sólo la obligó a reemplazar sus viejos medios de trabajo, mudar su taller y buscar nuevos cañaverales. También le impuso una logística adicional al separar el taller de las fuentes de obtención de materia prima. Antes Belén podía transportar a pie las cañas desde los bambusales al taller. Ahora debía conseguir una embarcación, trasladarlas al continente, cargarlas en su camioneta y llevarlas al taller[12]. En un principio lo resolvió con favores de vecines o pagando fletes, hasta que unos cuatro años después pudo comprar una lancha (en realidad, la mitad de ésta, porque lo hizo asociada a medias con otro productor [A4] [A5] de bambú). Otra vez, podemos observar una incipiente acumulación de capital, aunque sostenida en cuantiosas horas de trabajo y estrategias múltiples de movilización de capital social (Bourdieu, 2001) para lograrla.

En los últimos años, Belén ha tenido un promedio de entre cuatro y cinco empleades relativamente estables que trabajan en el taller, y otres tantes que realizan operaciones específicas en sus hogares, pero ningune de elles trabaja a tiempo completo. Al preguntarle sobre a cuantas personas full-time equivaldrían, respondió que a dos, o como mucho tres. Ante la pregunta sobre si planea incorporar a sus hijos al proyecto cuando sean más grandes responde que ciertamente le gustaría, pero que por el momento elles no demuestran ninguna señal de posible interés en ser parte del proyecto (actualmente tienen 14 y 16 años).

A pesar de su residencia y taller en la ciudad, Belén continúa obteniendo ella misma su materia prima en las islas, y continúa activando en la cooperativa Origen Delta, espacio en el cual sus compañeres reconocen el carácter artesanal de su labor, la procedencia de sus materiales, sus años de experiencia isleña, así como su activo protagonismo en la organización. Tanto a través de la promoción del bambú que sus productos representan, como de las tareas de articulación y proyectos de trabajo colectivo (presentes y futuros), colaboran con la valorización simbólica y económica de la producción isleña de escala doméstica, a pesar de su radicación urbana actual. 

En resumen, la cantidad de empleades o la posibilidad de acumular cierto capital (expresada en la capacidad de invertir en vehículos y maquinarias) podrían ser esgrimidos para plantear que la escala del proyecto dejó de responder a la categoría de EP y podría tratarse ya de una micropyme[13]. Sin embargo, lo que me interesa destacar aquí es la continuidad de algunos elementos que persisten desde los orígenes del proyecto, articulados en una lógica particular, y que pueden ser aún analizados con las herramientas de la categoría chayanoviana de la unidad doméstica de producción.

El proyecto descansa en el autoabastecimiento de materia prima. La rentabilidad que obtiene la productora se desvanecería si (alejada de los bambusales que dieron origen al proyecto por causas de la violencia de género) optara por adquirir las cañas de otres productoris. Belén asume la cosecha, el transporte por agua y tierra de los materiales, en largas jornadas laborales. Eventualmente contrata jornaleres para estas tareas (que recluta entre amistades y allegades), pero en muchas ocasiones es sólo ella, o ella con la colaboración (no cuantificada monetariamente) de su nueva pareja. Para las facetas posteriores, mientras pudo se apoyó en el trabajo del padre de sus hijos o en sus familiares (aunque el trabajo de estes últimes si estaba contabilizado y compensado monetariamente, con un sistema domiciliario de pago por pieza). Fueron la ruptura de la unidad doméstica y el despojo material de su vivienda-taller los factores que la llevaron a reasumir algunas tareas y delegar otras en empleades a tiempo parcial. Poco se ha hablado de los divorcios y la violencia de género en los estudios de campesinado y producción doméstica clásicos, pero sin dudas puede trazarse un paralelo entre estas circunstancias y otras formas de fisión de las unidades. Belén quisiera incorporar a sus hijeos a la dinámica de trabajo, pero su edad no permite aún siquiera plantear esta posibilidad.

En relación a sus hijos, considero importante realizar otro señalamiento: por el momento no son sólo ‘bocas a alimentar’ (en el sentido chayanoviano), sino seres a cuidar. El mantener la unidad del taller y el hogar, ha permitido a Belén incrementar el mecanismo principal que tiene para responder a las demandas productivas: la auto-explotación o prolongación de la propia jornada de trabajo, la cual, en línea con las definiciones teóricas, no es contabilizada en términos salariales o de valor/hora, sino en función de los consumos necesarios para el hogar y/o y la posibilidad de incorporar alguna maquinaria o comprar insumos anticipadamente para ganarle a inflación. 

El complejo panorama económico argentino de los últimos años, con inflación incremental y ciclos recesivos y de crecimiento, influye en los costos de los insumos y en las posibilidades de ventas, haciendo que no sea sencillo planificar y/o mantener una determinada rentabilidad. Cuando en determinadas circunstancias hay picos de demanda o tiene eventos especiales, Belén puede recurrir o no a contratar más horas de trabajo pago, pero primordialmente, siempre habrá prolongación de su propia jornada. En sentido similar a lo planteado por Balbi (2008) sobre la búsqueda de ganancia por parte de les productoris rurales de base doméstica, Belén entiende claramente las señales del mercado que la afectan o pueden circunstancialmente beneficiarla y trata de adelantarse a ellas o utilizarlas en su favor, dentro de su margen de posibilidades.

Como he mostrado, Belén pudo resolver las situaciones más acuciantes (herramientas y logística), pero sigue sin poder acceder a importantes factores, como la vivienda y cañaverales propios, lo cual la expone a una gran inestabilidad e incapacidad de planificación a largo plazo[14].

 

CONCLUSIONES

Este trabajo pretende haber sido una introducción a una temática poco abordada en la literatura de las ciencias sociales sobre el Delta del Paraná: la labranza de bambú y las características socio-económicas de les actoris involucrades en ella. Dentro de los límites de extensión que un artículo permite, he intentado mostrar que esta actividad merece un abordaje particular, a pesar de no contar con el peso económico o el carácter tradicional de otros cultivos de la región.

El turismo y la producción forestal a gran escala no generan suficiente cantidad y calidad de empleo y oportunidades económicas para todes les habitantes del Delta, dando lugar a una creciente población que busca generar proyectos alternativos que le permitan garantizar la reproducción de sus hogares. Muchos de estos proyectos son de pequeña escala y se realizan mayormente con herramientas de la vida cotidiana en las islas y aprovechando recursos disponibles de la vegetación local. Planteo que dichos emprendimientos deben ser comprendidos en la intersección de las categorías de AF y EP, pues comparten problemáticas afines con ambos sectores.

Dentro de ese aprovechamiento de la flora local, el bambú posee una trayectoria particular. Siguiendo tendencias internacionales, dicha planta fue foco de un programa provincial de fomento entre 2008 y 2015, el cual no logró el alcance esperado por sus promotoris. Les productoris capitalizades no se interesaron en el posible recurso y el programa no tenía líneas de financiamiento que pudieran ser aprovechadas por les productoris de escala doméstico-popular, que en su mayoría no contaban con tierra suficiente para cultivar. Sin embargo, el programa efectuó una importante labor de difusión y colaboró en el surgimiento de un pequeño núcleo de productoris que han continuado con la producción, la difusión y la generación de redes y propuestas de desarrollo local sustentable en base al bambú.

Hoy existe una veintena de personas trabajando con el bambú en la región, con mayor o menor peso de este recurso dentro del repertorio de estrategias de reproducción. En particular se destaca la trayectoria de Belén, que comenzó a producir instrumentos musicales hechos en bambú, primero para su familia, luego como una forma complementar sus ingresos como docente, mientras que actualmente cuenta con un proyecto de envergadura considerable y un catálogo diversificado. Los inicios de Belén en el bambú encajan claramente en las definiciones de AF y EP: una iniciativa económica desplegada en una base de operaciones situada en un medio rural, basada en el trabajo unipersonal o familiar, aprovechando recursos ociosos de libre acceso, utilizando herramientas de la vida cotidiana.

Cuando el proyecto comenzaba a crecer, la violencia de género obligó a Belén a reconfigurar su emprendimiento. Perdió su hogar y taller en el Delta, y la posibilidad de utilizar la fuerza de trabajo de sus familiares indirectes y el fácil acceso a cañaverales cercanos. Sin embargo, la experiencia adquirida, el pequeño capital económico acumulado y los diferentes vínculos tejidos a lo largo de la etapa previa, le permitieron adaptarse a la situación y continuar produciendo.

Si bien ahora cuenta con algunes empleades, el principal factor que explica el funcionamiento y crecimiento de Suflaifla es a la labor personal de Belén en la cosecha de cañas (y mantenimiento de cañaverales) y la auto-explotación en largas jornadas laborales, combinadas a su vez con las tareas domésticas y de cuidado de sus hijos, posible gracias a la no-separación de la unidad de vivienda de la de producción.

A su vez, uno de los principales factores que continúan actuando como limitante en su capacidad de proyección a largo plazo -y, por ende, generador de precariedad- es la falta de tierra para cultivar y procesar la caña en origen, situación que genera costos adicionales de logística y obliga a utilizar mano de obra  no isleña.

A partir de lo expuesto, considero que la idea de cotidianeidad me ha permitido reflexionar sobre la escasa visibilización y valorización del bambú como recurso en nuestro país, sobre cómo algunes isleñes encontraron la posibilidad de inventarse un oficio en base a él comenzando con herramientas básicas. Esta análisis de las particularidades de la explotación del bambú en el Deltame ha permitido exponer los elementos centrale de las categorías de AF y EP, mientras que el caso la trayectoria de una luthier de cotidiáfonos y productora bambusera me permitió explorar los límites porosos de estas categorías . Si bien las limitaciones de extensión no me permiten abordar los debates con la exhaustividad que quisiera, espero que el artículo funcione para motivar a sus lectoris a profundizar en las temáticas expuestas o apropiarse de las categorías analizadas para sus propios estudios.

 

 

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[1] Artículo enviado: 11 de abril de 2025.

[2] Dado que adhiero a la consideración del denominado lenguaje inclusivo como “una intervención política relevante sobre la lengua” (Res. 2100/19, Consejo Directivo de la Facultad de Filosofía y Letras, Universidad de Buenos Aires) el presente texto está escrito en dicho código lingüístico para evitar la asunción de exclusividad masculina o falta de precisión sobre la presencia de mujeres u otras identidades sexo-genéricas en los colectivos descriptos. Por lo tanto, en aquellos casos en que el español tradicional utiliza la letra o como marcador de supuesta neutralidad, la reemplazo por la e; y en aquellos casos en que la e está asociada a la declinación masculina, utilizo la i.

 

[3] Por moderno me refiero al período iniciado a mediados del siglo XIX, cuando dirigentes políticos de raigambre positivista, comenzaron a desarrollar un plan específico de colonización y producción para la región.

[4] Sobre las diferentes visiones sobre la utilización de las categorías de campesinado y agricultura familiar en la actualidad se pueden consultar Ratier (2004), Balazote (2021), Barbetta et al, (2012), Manzanal y Schneider (2011), entre otros.

[5] La similitud de la definición del NAF con los planteos del clásico texto de Chayanov (1974) sobre las unidades domésticas campesinas y sus lógicas es notable, y es una reflexión que merecería un artículo propio. Fleitas et al (2020) son una buena aproximación a estos vínculos.

[6] Tala rasa es la jerga para referirse a un método de cosecha considerado dañino por les promotores del manejo sustentable del bambú. Consiste en el corte indiscriminado de cañas, sin diferenciar entre cañas jóvenes y maduras Cuando un cañaveral es talado de esta manera, sufre un stress biológico y responde haciendo brotar nuevos tallos, pero de diámetros muy delgados y con ramificaciones no deseadas, por lo que retrasa en varios años la maduración de nuevas cañas con las condiciones estructurales necesarias para procesos de posterior agregado de valor (Peña & Tokatlian, 2013).

[7] Nombre omitido en función de resguardar mi anonimato durante la evaluación, será incluidos (con consentimiento) si el artículo es aceptado

[8] Pequeña ciudad de la zona cordillerana del país, a más de mil kilómetros de Buenos Aires y el Delta.

[9] El valor del suelo en el Delta es considerablemente menor que en la ciudad, y para esos años el boom turístico aún no había alcanzado el pico de su impacto gentrificador (Halpin, 2023).

[10] Tiempo atrás, había comenzado instalar algunas máquinas en dicho galpón, para continuar con determinadas operaciones de procesamiento mientras estaba en la ciudad.

[11] En aras de acortar la exposición, agregaré aquí que cuando eventualmente debió mudarse del galpón prestado, se le presentó la dificultad de buscar nueva vivienda y taller. Luego de no poder conseguir una nueva alternativa unitaria, debió resignar otros espacios separados, pero de mejores cualidades, en pos de seleccionar un taller y un departamento que estuvieran al menos próximos entre sí (dos cuadras), para mantener la posibilidad de maximizar el tiempo de trabajo.

[12] Previamente, trasladar los instrumentos terminados o semi-terminados era mucho más sencillo que trasladar las cañas, podía hacerse incluso en un bolso en transporte público fluvial.

[13] https://www.argentina.gob.ar/produccion/registrar-una-pyme/que-es-una-pyme

[14] Tampoco ha podido acumular suficientes reservas como para costear el avance de diferentes medidas judiciales (civiles y penales) a su ex pareja, que no satisfecho con las distintas formas de violencia que ya ejercía, ha sumado también el plagio de sus diseños.


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