DE LOS COTIDIÁFONOS AL TALLER DE BAMBÚ, TRAYECTORIA DE UNA PRODUCTORA RURAL DE LA ECONOMÍA POPULAR DEL DELTA DEL PARANÁ (BUENOS AIRES, ARGENTINA)
RESUMEN
El bambú es una
planta habitualmente presente en numerosos jardines, bosques y caminos de las
islas del Delta inferior del Río Paraná, sin embargo, en Argentina son poco
conocidas las potencialidades de esta planta y se la desprecia como un
sustituto de mala calidad de la madera. En los últimos años, un grupo de
isleñes comenzó a explotar el bambú a pesar de contar con escaso capital,
empleando por tal motivo herramientas de la vida cotidiana para cosechar y
procesar el recurso. En este artículo describo y caracterizo el estado actual
del sector bambusero en el Bajo Delta, a cuyos productoris caracterizo en la
intersección de las categorías de la Economía Popular y la Agricultura
Familiar. Luego analizo el caso particular de una profesora de música que
comenzó fabricando instrumentos en caña para sus hijes y alumnes, y hoy lleva
adelante un importante taller con un amplio y creciente catálogo de productos
en bambú.
PALABRAS CLAVE: Bambú, Delta del Paraná, Economía Popular,
Agricultura Familiar.
FROM
EVERYDAY-OBJECTS MUSICAL INSTRUMENTS TO A BAMBOO WORKSHOP, TRAJECTORY OF A
RURAL WOMAN PRODUCER FROM THE POPULAR ECONOMY IN THE PARANÁ DELTA (BUENOS
AIRES, ARGENTINA)
ABSRACT
Bamboo is a plant commonly found in many gardens,
forests and pathways on the islands of the lower Paraná River Delta. However,
in Argentina, this plant’s potential has not been deeply explored, as it is
disdained as a poor-quality substitute for timber. In recent years, a group of
islanders began exploiting bamboo despite having quite limited capital, using
tools adapted from everyday life instead to harvest and process the resource.
In this article, I describe and characterize the current state of the bamboo
sector in the Lower Delta, whose producers I depict within the intersection of
the categories of Popular Economy and Family Farming. Then I analyze the
particular case of a music teacher who initially began making cane instruments
for her children and students, and nowadays runs an important workshop with a
wide and growing catalog of bamboo products.
KEYWORDS: Bamboo, Paraná
Delta, Popular Economy, Family Farming.
DOS
INSTRUMENTOS MUSICAIS DE OBJETOS COTIDIANOS À MARCENARIA DE BAMBU, A TRAJETÓRIA
DE UMA PRODUTORA RURAL NA ECONOMIA POPULAR DO DELTA DO PARANÁ (BUENOS AIRES,
ARGENTINA).
RESUMO
O bambu é uma planta comumente encontrada em muitos
jardins, florestas e caminhos nas ilhas do Delta inferior do Rio Paraná. Não
obstante, em Argentina o potencial dessa planta é pouco conhecido e ela é
desprezada como um substituto de baixa qualidade para a madeira. Nos últimos
anos, um grupo de ilhéus começou a explorar o bambu apesar de seu capital
limitado, utilizando, portanto, ferramentas cotidianas para coletar e processar
o recurso. Neste artigo, descrevo e caracterizo a situação atual do setor de
bambu no Baixo Delta, cujos produtores caracterizo na interseção das categorias
de Economia Popular e Agricultura Familiar. Em seguida, analiso o caso particular
de uma professora de música que começou a fabricar instrumentos de cana para
seus filhos e alunos e hoje tem uma importante marcenaria com um amplo e
crescente catálogo de produtos de bambu.
PALAVRAS-CHAVE: Bambu, Delta do Paraná, Economia
Popular, Agricultura Familiar.
INTRODUCCIÓN
El propósito de este artículo es analizar y describir
las condiciones en las que se lleva a cabo la producción de bambú en las islas
del Delta Inferior del Río Paraná, en la provincia de Buenos Aires, Argentina.
A través de un relevamiento etnográfico he podido determinar que esta
actividad, a pesar de haber sido promocionada en un período reciente por el
estado provincial, continua siendo marginal en la economía de la región, y se
lleva a cabo en condiciones de elevada precariedad. Según mis registros, la
mayoría de los productores y productoras isleñes[2] de bambú,
producen en cañaverales abandonados y/o asilvestrados, con herramientas
re-adaptadas de la vida cotidiana en un ambiente boscoso como el Delta.
Producto de estas condiciones -la utilización de recursos naturales ociosos y
herramientas adaptadas de la vida doméstica-, mi objetivo en este artículo es
demostrar la pertinencia del entrecruzamiento de las categorías de Economía
Popular y Agricultura Familiar para la conceptualización de estes productoris.
Metodológicamente, mi investigación se basa en más de
siete años de trabajo de campo junto a productoris de escala doméstica del
Delta de Tigre de diferentes rubros, con cinco años dedicados especialmente a
les bambuseres. Adicionalmente, desde 2020 soy secretaria de una cooperativa, Origen
Delta, de productoris artesanales locales e impulso junto a elles diferentes
proyectos para fomentar el desarrollo de la economía popular en la región y el
agregado de valor en origen a los derivados del bambú. Se trata, por lo tanto,
de un proyecto de investigación-acción (Greenwood, 2000) anclado en una perspectiva
etnográfica basada en una forma radical de observación participante denominada
inmersión plena (Guber, 1990;
Jorgensen, 1989).
Por otro lado, consideré pertinente incluir este
análisis en un dossier sobre objetos cotidianos por tres factores. Por un lado,
el término bambú abarca a un conjunto de especies de
plantas con amplia distribución a nivel mundial. En Argentina contamos tanto
con especies nativas como introducidas. Muchas personas conviven cercanamente
con el bambú, sin embargo, la identificación de la planta genera controversias.
Productoris e investigadoris hemos escuchado numerosas veces el comentario
‘pero si en Argentina no hay bambú, eso es tacuara’, incluso en ocasiones con
cierto tono despectivo en este último vocablo. En el imaginario local el bambú
es un elemento exótico asociado a los países asiáticos (con el que algunas
personas saben que se pueden fabricar productos innovadores); en cambio, las
cañas disponibles en nuestro país serían para estes crítiques serían una planta
mucho menos valiosa y de escasa utilidad.
Sin embargo, un
análisis histórico, biológico y lingüístico permite ver que, por un lado, Bambusoideae
es una subfamilia de plantas de distribución global con más de 1600
especies de cañas. Sudamérica y
Argentina cuentan, asimismo con una importante variedad de especies nativas.
Por otro lado, tacuara es un vocablo de origen guaraní que no designa a una
especie en particular, sino que significa genéricamente caña (Coll, 2012). A su vez,
especies asiáticas han sido introducidas en nuestro país hace más de 100 años y
muchas de ellas han colonizado diversos ambientes, al punto de que a le
observadore no entrenade pudiera parecerle que están allí naturalmente. Incluso
mucha gente denomina tacuara, por considerar que es nativa, a una especie
ampliamente difundida (Phyllostachys aurea) que en realidad es de origen
asiático. Por último, correctamente cosechadas y tratadas, tanto las especies
locales como las introducidas pueden dar lugar a una amplia variedad de usos,
no existen elementos técnicos que permitan afirmar intrínsecamente la mayor o
menor calidad de una especie solo por su origen. Por lo tanto, se
trata de una planta que, por su cercanía y cotidianeidad, padece una infravaloración.
Considero que la visibilización del trabajo que realizan les productoris
isleñes y de los usos que pueden darse al bambú puede contribuir a un proceso
de revalorización positiva.
En segundo lugar, en esta condición de recurso
infravalorado, el bambú ha recibido escasa atención por parte de programas
estatales o grandes inversoris que puedan potenciar el desarrollo del sector.
Como consecuencia en la región deltaica hasta el momento sólo se dedican al
bambú productoris de muy pequeña escala, que incorporaron el bambú dentro de un
repertorio de estrategias para generar ingresos adicionales en un contexto
adverso. Pudieron hacerlo porque es una planta sencilla de cosechar, procesar y
transportar con instrumental habitual para personas que viven en un entorno
boscoso como el Delta, en el que una sierra, un machete o una pequeña
embarcación representan elementos de la vida cotidiana. Este empleo de
herramientas de la vida cotidiana es una de las características de lo que hoy
en día se denomina como Economía Popular (EP), categoría cuya revisión y
aplicación, junto con la de Agricultura Familiar (AF), es el objetivo de este
articulo.
En tercer lugar, el caso seleccionado para ilustrar la
aplicabilidad de las categorías teóricas al análisis de la producción de bambú
tiene una particular relación con lo cotidiano. Se trata de la trayectoria de
Belén, una docente de música que tempranamente en su carrera incursionó en la
fabricación de cotidiáfonos, instrumentos musicales construidos a partir del
reciclaje de objetos de la vida cotidiana. Cuando comenzó a transitar el Delta
y conoció el bambú, utilizó su experiencia previa en la fabricación de tales
instrumentos, los cañaverales infravalorados que crecían en su arroyo y las
herramientas que tenía al alcance de la mano para fabricar instrumentos
didácticos de manera artesanal, tomando tres elementos que hacían parte de su cotidianidad
y combinándolos en una actividad que se convirtió en un factor central de su
sustento e identidad.
El presente artículo se estructura de la siguiente
manera: luego de esta introducción realizo una breve revisión del contexto
histórico-económico del Delta Tigrense y de cómo fue introducido y fomentado el
bambú en la región. En segundo lugar, reflexiono sobre cómo las categorías de AF
y EP pueden combinarse para describir a un sector de la población que
desarrolla estrategias laborales de autoempleo en condiciones de precariedad o
marginalidad en espacios rurales. A continuación, hago una descripción general
de las formas en las que suele trabajarse el bambú en el Delta, para luego
pasar al estudio de caso e Belén y finalizar con unas reflexiones sobre lo
expuesto.
EL DELTA, ENTRE LA PRODUCCIÓN Y EL TURISMO
El Delta del Río
Paraná es un conjunto de islas, ríos y arroyos de aproximadamente 320 km de
largo, cuyo tramo final bordea varios municipios del Área Metropolitana de
Buenos Aires (AMBA), notándose un fuerte contraste entre los espacios urbanos
densamente habitados y la población y residencias dispersas de las islas
adyacentes.
Tradicionalmente
la historia moderna[3] del Delta bonaerense suele dividirse en tres períodos
(Galafassi, 2001). El primero, de la segunda mitad del siglo XIX hasta
mediados del siglo XX, donde la actividad económica predominante fue la
fruticultura. El segundo período se caracteriza por la crisis de fruticultura y
su reemplazo por la forestación a gran escala. En esta etapa se observa un
proceso de concentración de la tierra y un intenso éxodo. A su vez, comienza
una diferenciación subregional: el viraje descripto es más intenso en las
secciones del Delta más alejadas del AMBA, mientras que en las islas correspondientes
al municipio de Tigre (más cercano a la ciudad) se da un abandono de quintas
que da lugar a la adquisición de viviendas por parte de sectores de clases
medias urbanas (Halpin,
2023)para segunda residencia (Gascón & Cañada, 2016). A partir de la década de 1990,
se produce una fuerte intensificación de la turistificación en Tigre (Bertoncello
& Iuso, 2016; Halpin, 2023), profundizando el debilitamiento del entramado
productivo local y la orientación de instituciones e infraestructura hacia el
turismo (De
Jager, 2016; Halpin, 2023; Olemberg, 2015),
conformando un escenario de desagrarización y penetración de nuevas actividades
típico de la nueva ruralidad (Giarraca, 2001)
En el año 2008, la
Dirección Provincial de Islas (DPDI, organismo estatal bonaerense), basada en
un diagnóstico de necesidad de fortalecer el perfil productivo del Delta y
generar arraigo poblacional (Peña &
Tokatlian, 2013), propuso un plan de puesta en valor del bambú que
funcionó hasta 2015.
En el Delta, las
especies de bambú más usuales no son nativas, sino que fueron introducidas como
cultivo auxiliar de la las plantaciones frutales entre fines del siglo XIX y
principios del XX, por sus funciones protectoras contra la erosión. Con la
crisis de la fruticultura, muchas plantaciones fueron abandonadas, pero los
cañaverales continuaron expandiéndose y hoy pueden encontrarse numerosos
bosquecillos creciendo de manera asilvestrada (Peña & Tokatlian, 2013). Hoy en día también se expande porque se ha
popularizado su uso como cerco vivo u otros fines ornamentales. Desde su
introducción, siempre hubo personas que encontraron diversos usos hogareños
para las cañas (quinchos y tinglados, cercos, bastidor en paredes de barro,
etc.), pero el bambú no era considerando un cultivo tradicional del Delta.
La iniciativa de
generar un nuevo polo productivo en torno el bambú puede ser considerada como
parte de una tendencia internacional creciente en las últimas décadas de
fomento al bambú. Efectivamente, el bambú ha cobrado un protagonismo creciente en
múltiples agencias ligadas a la planificación del desarrollo en diversos países
(Acosta-Leal, 2021; Lobovikov et al., 2007; Long et al., 2022;
SERFOR, 2021; Zhaohua & Wei, 2021; entre otros). Les promotoris coinciden
en señalar una serie de beneficios relacionados a la labranza del bambú. Por un
lado, los ambientales: gran captación de dióxido de carbono, fijación y
conservación de suelos, regulación y saneamiento hídrico, entre otros. Por otro
lado, socio-económicos: ciclos de producción y retorno de inversión menores en
comparación a otros cultivos forestales; mayor rentabilidad para unidades de producción de
pequeña escala (por las particularidades del trabajo de mantenimiento y
cosecha); alta ocupación de mano de obra, baja dependencia de insumos
agro-industriales (como fertilizantes sintéticos y agrotóxicos), amplia
diversidad de derivados (construcción, artesanías, gastronomía, herboristería y
cosmética, industria textil, papelera y más) (Liese & Köhl, 2015).
Si bien el
programa de la DPDI se proponía colaborar en un proceso de desarrollo regional
sustentable, debió enfrentar diferentes adversidades y reformularse en el
proceso (Halpin,
2022a). El programa incluía entre sus planteos iniciales una
serie de propuestas referidas a la industrialización del bambú y la creación de
un polo productivo regional. Sin embargo, la propuesta nunca logró entusiasmar
a funcionaries provinciales de mayor jerarquía o a grandes inversoris. Sus
legados más importantes fueron, por un lado, un cúmulo de investigaciones y dos
libros de difusión que al día de hoy se sigue utilizando como referencia en la
región. Por otro lado, una serie de talleres para difundir las propiedades y
formas adecuadas de manejo de bambusales, así como diversas formas de
aprovechamiento de las cañas y brotes comestibles. El programa contó con
severas limitaciones presupuestarias y diversas problemáticas de diseño
operativo y vinculación inter-institucional que restringieron su capacidad de
acción (Halpin,
2022a). Fue discontinuado con el cambio de gobierno
provincial ocurrido en 2015 y no fue retomado cuando la anterior coalición
retornó a la gestión en 2019.
Por otro lado, si
bien el Delta Bonaerense tiene una fuerte tradición forestal, este sector no
sólo no mostró interés en un cultivo forestal alternativo de bambú. Las razones
para esta actitud son complejas de determinar (he realizado una aproximación
tentativa en (Halpin,
2022b)). A los fines de este artículo basta con mencionar
que, se trata de un sector con predominio de unidades productivas de gran
tamaño (unidades de tipo empresarial o de gestión familiar pero con altos
niveles de capitalización) (Olemberg, 2015), con entidades de representación
sectorial con interlocución con diversos organismos del Estado, y una impronta
territorial muy marcada (Pizarro, 2019). Como veremos en los próximos apartados, todas estas
características resultan sumamente contrastantes con las del sector bambusero.
Concluida esta breve descripción de las principales actividades
económicas del Delta, y antes de adentrarme de lleno en las condiciones
actuales de producción de bambú, quisiera reflexionar sobre algunos conceptos
teóricos de creciente
circulación en los estudios rurales y en el ámbito de las políticas públicas que servirán de apoyo para
la caracterización del sector bambusero. Me
refiero a los conceptos de AF y EP.
‘INVENTARSE EL TRABAJO’ EN EL ÁMBITO
RURAL:
AGRICULTURA FAMILIAR Y ECONOMÍA POPULAR.
En la década de
1990 se vivió en nuestro país y sus vecinos un fuerte proceso de
transformaciones neoliberales que tuvo profundos efectos en el mundo rural, y
profundizó la brecha entre productoris agropecuaries integrades y excluides. En
dicho contexto, surgió en los estudios y programas rurales latinoamericanos un
nuevo concepto, para referirse a las unidades productivas rurales de pequeña
escala, la categoría de agricultura familiar. No es el objetivo de este
artículo profundizar en los debates y articulaciones que este concepto genera
con otros como los de campesinado, pequeñes productoris o chacareres[4], por lo que sólo me centraré en su operabilidad
práctica. Según Craviotti:
“La agricultura
familiar, como noción conceptual y operativa que engloba a un heterogéneo
conjunto de productores que recurren al trabajo de sus familias, toma cuerpo a
comienzos del nuevo milenio en Argentina […] en un contexto donde se recuperan
las capacidades estatales de formulación y ejecución de políticas [situación
que] afianzó equipos técnicos orientados al sector y su vinculación con
organizaciones sociales –tanto de base como ONGs– y contribuyó a moldear una
visión de la agricultura familiar como sujeto productivo con características
propias” (2014, p. 175).
Para la autora el
concepto de AF permite profundizar la mirada con respecto al de pequeñe o
mediane productore, pues no toma en cuenta sólo las características de la
unidad de explotación económica, sino que integra otros criterios de carácter
social, como se verá a continuación. Craviotti señala que a tono con las
tendencias regionales y, a partir de la gestión asociada entre el Estado y las
organizaciones del Foro Nacional de la Agricultura Familiar, se crea en
Argentina en el año 2007 el Registro Nacional de la Agricultura Familiar
(RENAF), que busca producir información sobre posibles destinataries de
políticas públicas focalizadas. Este ente, establece como unidad de registro y
análisis al “Núcleo de Agricultura Familiar”, esto es “…una
persona o grupo de personas, parientes o no, que habitan bajo un mismo techo en
un régimen de tipo familiar; es decir, que comparten sus gastos en alimentación
u otros esenciales para vivir y que aportan o no fuerza de trabajo para el
desarrollo de alguna actividad del ámbito rural” (RENAF, 2009, p.
14)[5].
A su vez, el
Registro dispone que dicho núcleo posea residencia en áreas rurales o a una
distancia que permita contactos frecuentes con la producción; una proporción de
mano de obra familiar en el total de la mano de obra empleada superior al 50% y
la contratación de no más de 2 trabajadores asalariados permanentes (RENAF, 2009, p. 17). Por otro lado, el mismo
documento establece que
“…las familias
pueden realizar actividades agrícolas, ganaderas o pecuarias, pesqueras,
forestales, las de producción agroindustrial y artesanal, las tradicionales de
recolección y el turismo rural (…) sin importar si el destino de esas
actividades es la venta, el autoconsumo o el trueque, o si se trata de la
actividad principal o una secundaria del hogar” (RENAF 2009, p. 15–16).
Los estudios
sociales agrarios han recurrido tradicionalmente al análisis de qué agentes
aportan el trabajo y en que formatos para caracterizar a los tipos de
productores agrarios (Caracciolo de
Basco et al., 1981). En este sentido, la definición del RENAF presenta
una clara continuidad con el clásico trabajo de Chayanov (1974) sobre las dinámicas de la organización del trabajo de
las unidades domésticas campesinas, al mismo tiempo que es lo suficientemente
flexible como para permitir actualizarla / articularla con los fenómenos de la
nueva ruralidad.
Chayanov (1974) sostenía que la economía campesina tenía una
especificidad propia, “no se basaba en el mismo tipo de cálculo de la empresa
capitalista, sino que se orientaba hacia las necesidades de consumo de la
unidad doméstica” (Fleitas et al.,
2020, p. 76). Necesidades que, incluso, van cambiando a lo largo del ciclo
familiar. En la lógica campesina, enfatiza el autor, existe una clara
preferencia a optar por el trabajo de les miembres del grupo doméstico frente a
la contratación de terceres, pues la contratación implica una erogación
palpable, mientras que le campesine tiende a no contabilizar la propia fuerza
de trabajo como un costo. Les campesines tenderán a extender la cantidad y/o
intensidad de trabajo de elles y sus familiares en condiciones de trabajar -es
decir, su auto-explotación- hasta donde sea físicamente posible para hacer
frente a las necesidades domésticas; y la contratación será sólo una última
opción en caso de no alcanzar a satisfacerlas.
Siguiendo a Balbi (2008), considero que si bien hoy en día sería sumamente
idealista plantear que existan unidades que excluyan totalmente el cálculo de
la obtención de ganancias en la planificación de sus actividades, sostengo que
les productoris de escala doméstica siguen teniendo una preferencia por la
prolongación de la propia jornada laboral frente a la contratación de mano de
obra.
De todas formas,
para generar una categoría más específica dentro de la AF considero pertinente
la incorporación de otro concepto cuya aplicación se ha extendido en los
últimos años en las ciencias sociales, el de Economía Popular (EP). Este concepto remite al conjunto de actividades desarrolladas
por los sectores populares a través de su propia fuerza de trabajo y los
recursos disponibles con miras a garantizar sus necesidades básicas y la
reproducción de la vida (Icaza &
Tiribia, 2004). Se trata de procesos económicos
periféricos de
“…producción, circulación e intercambio de
bienes, servicios, cuidados y otros frutos del trabajo humano, que nacen en los
intersticios y periferias urbanos y rurales como espontánea resistencia
económica frente a la exclusión social” (Grabois
& Pérsico, 2015, p. 34).
La disponibilidad de recursos refiere a medios de
producción de relativamente fácil acceso por tratarse de
“…materiales, mercancías, maquinarias y
espacios de trabajo que son baratos, residuales, de acceso público,
transmitidos por la tradición, recuperados de la ociosidad o adquiridos a
través de la lucha social” (Grabois y Pérsico, 2015, p. 34).
Incluso, en muchos casos la relación con dichos medios
no es siquiera de propiedad, sino de tenencia, posesión o mero usufructo, ya
sea en forma individual o comunitaria Como suele decirse en el propio ámbito militante de la
EP, se trata de personas que han debido ‘inventarse su trabajo’ con aquello que
tienen a la mano y/o lo descartado por otres, para hacer frente a la exclusión
económica (Grabois y Pérsico, 2015). Son estos aspectos de la definición de EP
las que me permiten emparentarla con la el empleo de herramientas de la vida
cotidiana.
En sintonía con
Grabois y Pérsico (2015) y Navós (2019) sostengo la pertinencia de la intersección de las
categorías de AF y la EP en el ámbito rural para referirse a aquellas personas
que han iniciado proyectos agropecuarios o de silvicultura valiéndose de
herramientas hogareñas y en pequeñas parcelas, terrenos fiscales u otras
tierras ociosas, y con la fuerza de trabajo del propio grupo doméstico como
principal factor de trabajo. Esta intersección permite enfocarse en un segmento
específico de la AF, aquelles productoris de menor escala que se encuentran en
una situación de mayor precariedad, ya sea por deficientes condiciones de
acceso a la tierra para producir, o por el bajo nivel de capitalización y/o
tecnología empleados en el proceso laboral.
En el próximo
apartado, profundizaré en los elementos que me permiten considerar a les
productoris de bambú del Delta en la intersección descripta.
TRABAJAR CON LO QUE SE TIENE A LA MANO, REDESCUBRIR UN
RECURSO SUB-APROVECHADO
Como mencioné
anteriormente, abundan en el Delta gran cantidad de cañaverales creciendo de
manera asilvestrada, pero no hay una gran tradición de utilización de este
recurso con fines comerciales. Y a pesar de que hubo un programa provincial de
fomento de cerca de ocho años, la producción de bambú se mantiene al día de hoy
en condiciones de marginalidad. Se encuentra primordialmente en manos de
productoris de muy pequeña escala. En muchos casos se trata de proyectos
unipersonales, que contratan mano de obra en forma eventual o que se asocian
por periodos o para tareas específicas.
Según mi mapeo en
el Delta tigrense existen al menos quince unidades productivas (que involucran
a unas veinticinco personas) que utilizan el bambú para fines comerciales de
manera recurrente, más un número difícil de cuantificar de unidades que venden
cañas ocasionalmente o cosechan brotes comestibles para consumo personal. De
los proyectos comerciales registrados: seis se orientan a brotes, cuatro tienen
una producción mixta (brotes y cañas); y el resto se dedican exclusivamente a
la producción y/o procesamiento cañas maduras. De la totalidad de productoris
de bambú registrados, sólo dos tienen a esta planta y sus derivados como su
principal fuente de ingresos.
Les bambuseres suelen cosechar y procesar con aquellas herramientas
usualmente presentes en la vida isleña, un ambiente boscoso donde es común la
necesidad de despejar caminos y jardines, calefaccionarse con leña, con casas y
muelles construidos en madera que requieren mantenimiento frecuente. El corte
puede hacerse con machete, sierra o serrucho, o con una sierra eléctrica o de
motor a combustión de pequeño porte. Para trabajar las cañas pueden utilizarse
una agujereadora hogareña, sierra de mano, papel de lija, etc. Para cosechar y
cocinar brotes no se necesita mucho más que un cuchillo, una cacerola y una
cocina convencional. El bambú es mucho más liviano y fácil de transportar que
la mayoría de las especies arbóreas que se utilizan en la industria maderera,
por lo que para su logística suele bastar una lancha o canoa de mediano porte o
una embarcación de tipo tracker, que podrían considerarse el equivalente
de una camioneta pequeña en la ciudad.
La mayoría de les productoris actuales comenzaron sus emprendimientos de
esta manera. Algunos han reemplazado alguna herramienta manual por una
eléctrica, o alguna herramienta de mano por otra de banco para trabajos de
mayor precisión, pero el nivel de capitalización sigue siendo bajo. Con
respecto al espacio de trabajo, la situación es variada. Si bien algunos
productores han podido montar talleres en sus propios hogares o espacios
aledaños, si se quisiera incorporar maquinaria de mayor porte, también se encontrarían
limitaciones, porque ya se requiere otra infraestructura.
Como se ve, estas estrategias productivas reflejan claramente lo
descripto en la definición de la categoría de EP. A su vez, al darse en un
entorno rural y verse fuertemente condicionada por los ciclos naturales de
crecimiento y cosecha, así como por factores climáticos, y, fundamentalmente,
por las condiciones de acceso a tierra para producir, considero que la
actividad de les bambuseres, deben ser considerados como productoris rurales de
escala doméstica precarizades, en el sentido antes descripto al analizar la AF.
En muchos de los casos, la actividad se da en combinación con otras estrategias
reproductivas, que pueden incluir incluso el trabajo asalariado, pero esto
también está contemplado en las definiciones de AF y es una característica
común de las nuevas ruralidades.
En relación al
acceso a la tierra, en la mayor parte de los casos, les productoris no son
dueños de los cañaverales donde obtienen la materia prima, ni tampoco poseen
una extensión de tierra que les permita obtener caña a una escala que pudiera
suplir sus niveles actuales de demanda. No existen -o son escasas y pequeñas-
plantaciones de bambú en el sentido convencional del término. Es decir,
parcelas cultivadas donde una persona controla el acceso a la tierra, las
variedades y cantidades a sembrar, y aprovecha de manera sistemática los
productos obtenidos. La forma mayoritaria de explotación consiste en el
aprovechamiento de los cañaverales ociosos/silvestres.
La información sobre dichas fuentes de recurso se ha convertido en un
bien valioso y celado para les productoris sin cañaverales. Dado que hay muchas
personas que tienen cañaverales, pero que no tienen interés, tiempo o capacidad
para explotarlos, les productoris han establecido diferentes acuerdos con
elles. En algunos casos, pagan un canon general por el acceso, en otros, pagan
por cada caña extraída o por kilo de brote cosechado. En otros casos, las
personas brindan voluntariamente acceso a su cañaveral porque entienden que se
benefician de la cosecha funcione como una forma de control del crecimiento de
las matas.
De todos modos, estas soluciones son fluctuantes: porque varían las
percepciones sobre el uso y valor de las cañas y se modifican el acceso y los
acuerdos; porque reaparecen viejes dueñes de terrenos supuestamente
abandonados; o porque se compra-venden terrenos y les nueves dueñes no están
interesades en los acuerdos; porque otra persona ingresa en el cañaveral y lo
interviene con métodos inadecuados que afectan la salud y el rendimiento del
mismo[6]. De esta manera, el
escenario general para la mayoría de les productoris analizados no deja de
tener una importante dosis de precariedad e incertidumbre. Mi diagnóstico, el
cual vengo desarrollando en mi investigación doctoral, sostiene que la
incapacidad o dificultad de les productoris de bambú para acceder a la
propiedad y/o control efectivo a cañaverales en cantidades suficientes actúa
como un factor de peso que influye negativamente en las posibilidades de
crecimiento y desarrollo de la actividad.
En vista de lo expuesto, considero que queda justificada la inclusión de
les productoris de bambú en la intersección de las categorías de EP y AF. Sin
embargo, estas categorías no son estancas, y a pesar de múltiples adversidades,
existen experiencias que eventualmente logran prosperar y superar la mera
reproducción. A continuación analizaré la trayectoria de una elaboradora de
instrumentos musicales y otros objetos a partir de las cañas cosechadas en el
Delta que ha crecido considerablemente desde su surgimiento hace quince años,
al punto de que hoy tiene algunas características que la colocarían por encima
de las categorías de EP y AF. Sin embargo, como analizaré a continuación,
ciertos elementos de precariedad y auto explotación, aún presentan una
importante relación con aspectos centrales de los conceptos mencionados.
LA
EXPERIENCIA DE SUFLAIFLA : BAMBÚ A PESAR DE TODO
SUFLAIFLA es un proyecto de instrumentos musicales y elementos
didácticos fabricados en bambú, liderado por Belén[7], una mujer de 44 años
proveniente de San Rafael, provincia de Mendoza[8]. A través de la
trayectoria de esta persona, intentaré mostrar ciertas características típicas
de los emprendimientos de la EP-AF, como la invención del propio trabajo con
elementos cotidianos, la refuncionalización del espacio doméstico, el peso de
la auto-explotación y la importancia de los ciclos familiares en la
organización de la unidad económica. Para ello, necesitaré narrar ciertos
detalles de su historia de vida, que permitirán comprender más cabalmente las
restricciones y circunstancias particulares en que su proyecto se ha
desarrollado. Algunos de estos detalles podrán parecer triviales al principio,
pero una vez completa la descripción, se comprenderá mejor el rol que juegan en
la configuración y dinámica del emprendimiento, y por qué considero que el
proyecto puede seguir siendo considerado emparentado con la AF y la EP.
MB, proveniente de una familia de clase media-baja, estudió el
Profesorado de Música en su ciudad natal y con poco más de 20 años, migró a
Buenos Aires, donde se dedicó a la enseñanza en distintos niveles de la
educación formal. Adicionalmente, se vinculó con la música integrando
diferentes bandas y diversos espectáculos sonoros, muchos de ellos vinculados a
sus originales cotidiáfonos, instrumentos creados a partir de objetos
cotidianos reciclados. A partir de 2006 comenzó a transitar el Delta, en
primera instancia, en una vivienda alquilada. En el año 2008, compró un terreno
junto con el que sería el padre de sus hijos, donde construyeron una casa.
Cabe aclarar que hasta el momento Belén no había poseído nunca una
vivienda propia, y que el precio de la tierra en el Delta[9] y la posibilidad de la
auto-construcción fueron para ella, al igual que para muches isleñes migrantes
recientes, la única perspectiva de escapar de la condena eterna del alquiler.
Incluso en estas condiciones, Belén y su pareja necesitaron de la ayuda
monetaria familiar para acceder al terreno. Belén continuaba trabajando de
docente y con sus proyectos musicales en la ciudad (continuaban alquilando un
departamento en la Capital Federal), pero pasaba en el Delta la mayor cantidad
de días a la semana posibles. Su pareja también tenía trabajos relacionados con
la música, pero su trayectoria laboral era mucho más inestable; ella siempre
fue el principal sostén económico del hogar, y quien financió la mayor parte de
la construcción de la vivienda. Sus hijos, nacidos en 2008 y 2010, pasaron gran
parte de su primera infancia en el Delta, hasta la edad de escolaridad
obligatoria (igualmente, por muchos años los niños faltaron un día a la semana
a la escuela para prolongar las estadías familiares en el Delta).
Belén se sintió
atraída por el bambú desde sus primeras visitas al Delta y con su experiencia
de luthería casera previa, rápidamente comenzó a crear instrumentos y
juguetes para sus hijos, a estudiar la planta, sus ciclos y propiedades.
Habiendo construido gran parte de su propia casa en madera y desmontado el
espacio necesario del terreno, ciertamente ya contaba con herramientas para
cosechar y fabricar artefactos. A partir de 2012, Belén empezó a fabricar instrumentos
en forma más regular: se encontraba dando clases de música en establecimiento
público de nivel inicial y nunca había allí suficiente material didáctico en
buenas condiciones para todes les alumnes. Sus compañeras de trabajo y otres
allegades pronto apreciaron la calidad de sus instrumentos, y comenzaron a
realizarle encargos para sus propies hijes. Allí, ella percibió la veta
comercial y comenzó a incrementar la producción y a concurrir a ferias para
venderla.
En un principio
Belén realizaba la cosecha en los cañaverales aledaños a su casa, y la
fabricación en el propio hogar isleño, al que luego fue necesario
acondicionarle un cuarto para convertirlo en taller, para controlar la
circulación de ruido y polvo. A su vez, Belén pasó a explotar y cuidar la mayor
parte de los bambusales existentes en el arroyo. Estos se encontraban en las
propiedades de diferentes vecines y en los caminos comunales. Nadie se ocupaba
de su mantenimiento sistemático, por lo que crecían fuera de control e incluso
complicaban periódicamente la circulación, por este motivo el trabajo de
cosecha y limpieza de Belén era reconocido y valorado por les vecines.
A medida que el
emprendimiento crecía, Belén comenzó a delegar algunas tareas no centrales de
la producción (pintura, colocación de cintas u otros elementos accesorios) en
familiares de su pareja (ella, como migrante de otra provincia, no cuenta con
familiares directos en el área). Aprovechaba los reiterados viajes entre el
Delta y la ciudad para llevarle los instrumentos y las materias primas, y
recogerlos en la siguiente visita, articulando así la producción de varias
unidades domésticas en un esquema flexible e informal, basado en lazos en la movilización
de lazos personales. Con el proyecto más consolidado encomendó parte del
trabajo de venta en su esposo (que en un principio no apoyaba el proyecto, sin
embargo, frente a su situación de desempleo y el éxito de Suflaifla , se acopló
al mismo).
Considero que los
elementos reseñados permiten considerar el emprendimiento como perteneciente a
la EP. Sin embargo, ¿se puede considerar a una persona o familia que habita
alternadamente entre la ciudad y el medio rural como perteneciente a la AF?
Claramente no es un caso “puro”. Empero, teniendo en cuenta las fronteras
porosas entre lo urbano y rural (que se han multiplicado con la nueva
ruralidad) y las definiciones del RENAF se puede observar que existen
multiplicidad de formas mixturadas. El RENAF menciona explícitamente la
posibilidad de residencia “en áreas rurales o a una distancia que permita
contactos frecuentes con la producción” (2009, p.17); en este caso, las visitas
eran semanales y permitían un manejo exitoso de los bambusales. El proyecto
surgió claramente del contacto con la vegetación local: si bien moviliza
saberes previos, se ancla en la facilidad de acceso a cañaverales que una
segunda residencia en el medio rural permitía. Es incluso, la propia constancia
del contacto y cuidado de los bambusales, lo que le asegura la calidad de la
materia prima. Ésta, justamente, es obtenida y procesada por la propia cabeza
económica del hogar, más allá de que ésta tenga otros ingresos salariales,
posibilidad contemplada por la definición de AF analizada.
En todo caso, no
me interesa discutir la pertenencia exacta a tal o cual estrato, sino mostrar
la utilidad de la categoría de AF como herramienta de análisis que permite
visibilizar situaciones híbridas que, lejos de ser anomalías, son resultado de
nuevas y cambiantes estructuras. Descubrir nuevos fenómenos que escapan a
percepciones tradicionales o esquemáticas es uno de los motores del
conocimiento.
Tristemente, me toca a continuación describir como
otra estructura trastocó el desarrollo de este emprendimiento. Me refiero a la
violencia patriarcal (Segato, 2003). A lo largo de
los años, la pareja de Belén comenzó a tener cada vez más variados e intensos
comportamientos de violencia de género. Si bien la situación era dura para
ella, los condicionantes económicos no le permitían salir de la situación de
convivencia con este hombre. Los actos violentos continuaron escalando a
niveles crudísimos, y Belén debió buscar refugio en una oficina abandonada en
un viejo galpón de un antiguo amigo[10], y, en plena
emergencia, reacondicionar dicho espacio como hogar para ella y sus hijos.
Es sabido que los vínculos con violencia de género
atraviesan diferentes ciclos, y que la persona violentada pueda romper
totalmente con ellos suele implicar varias etapas. En este caso, luego de los
picos de violencia física directa y la separación, sobrevino un período de
búsqueda de acuerdos para poder sobrellevar aspectos que aún obligaban a Belén
a vincularse con el padre de sus hijos. Para la casa-taller en el Delta,
acordaron un régimen alternado de uso. Para el cuidado de los niños (luego de
intervenciones judiciales), un régimen dividido de custodia. Laboralmente, ella
decidió mantenerlo como encargado de ventas, porque pensaba que dejarlo sin
trabajo era atentar contra sus propios hijos. [A1]
Lamentablemente,
en un recrudecimiento de la violencia bajo otros formatos, él victimario decidió
cambiar la cerradura y prohibirle el acceso a la casa y taller que Belén poseía
en el Delta, apropiándose incluso del equipamiento que ella había ido
adquiriendo para trabajar las cañas. Ante este hecho, Belén se vio obligada
invertir en nuevamente en diversas máquinas y herramientas y convertir otro
sector del galpón que habitaba en su taller principal. Afortunadamente, el
proyecto había sido lo suficiente exitoso para permitirle acumular cierto
capital y reiniciar el proceso productivo. Para reponer algunas máquinas, logró
obtener un subsidio de un programa estatal para pequeños emprendimientos.
Llamativamente,
tras el infortunio de tener que montar un nuevo hogar, surgió un impacto
positivo para Belén al poder montar la vivienda y el taller en un mismo
edificio. Este hecho le posibilita combinar los tiempos de cuidado de sus hijos
con los de la producción y obtener así una jornada de trabajo más extendida. Si
bien en esta etapa Belén se vio forzada a contratar a algunas personas para
trabajar en el taller (ya no contaba con familiares a les que recurrir, pero se
apoyó en diferentes allegades). Ella retomó la labor de ventas y mantuvo en sus
manos -como desde el inicio- el proceso de cosecha y de obtención de la materia
prima.
El mecanismo de
Belén para mantener a flote y creciendo su proyecto, ha sido -cual campesine
tradicional- prolongar su jornada laboral (Chayanov, 1974). No sólo aprovecha los momentos en que los niños [A2] [A3] están
en la escuela. En el hogar-taller, ella ha podido trabajar mientras ellos
juegan o realizan tareas escolares, producir mientras cocina o trabajar hasta
altas horas de la noche. Según mis registros, ha llegado a implementar jornadas
de hasta 18 o 20 horas de trabajo diario[11]. Algunos días, su labor se reparte entre la docencia,
los cuidados familiares y las tareas de Suflaifla. En otras jornadas, sus
tareas se reparten sólo entre dos de
estos frentes. Y en algunas oportunidades, como cuando los hijos pasan el fin
de semana con su padre, puede dedicarse extensa y exclusivamente a su labor de
luhteria y creación en bambú
En cuanto a las
labores de aprovisionamiento de materia prima, si bien esporádicamente ha
podido cosechar de los cañaverales que antes cuidaba, esto implica riesgos (por
el posible encuentro con su agresor), y la falta de mantenimiento periódico ha
implicado una disminución de la disponibilidad de cañas de buena calidad. Esto la ha llevado a tener que
buscar nuevos cañaverales. Así, ha logrado establecer algunos acuerdos con
otres conocides isleñes que le permitan cosechar sin cargo; en otros casos
recurre a pagar por acceder a un determinado bambusal. Con cierta regularidad,
aprovecha un cañaveral en un terreno con dueñe ausente. Por la ya explicada
relación entre manejo adecuado de un bambusal y la calidad y disponibilidad de
las cañas que se pueden obtener, frecuentemente expresa haberse encariñado con
dicho bambusal, así como la inquietud de eventualmente dejar de poder ingresar
a él.
La violenta
exclusión no sólo la obligó a reemplazar sus viejos medios de trabajo, mudar su
taller y buscar nuevos cañaverales. También le impuso una logística adicional
al separar el taller de las fuentes de obtención de materia prima. Antes Belén
podía transportar a pie las cañas desde los bambusales al taller. Ahora debía
conseguir una embarcación, trasladarlas al continente, cargarlas en su
camioneta y llevarlas al taller[12]. En un principio lo resolvió con favores de vecines o
pagando fletes, hasta que unos cuatro años después pudo comprar una lancha (en
realidad, la mitad de ésta, porque lo hizo asociada a medias con otro productor [A4] [A5] de
bambú). Otra vez, podemos observar una incipiente acumulación de capital,
aunque sostenida en cuantiosas horas de trabajo y estrategias múltiples de
movilización de capital social (Bourdieu, 2001) para lograrla.
En los últimos
años, Belén ha tenido un promedio de entre cuatro y cinco empleades
relativamente estables que trabajan en el taller, y otres tantes que realizan
operaciones específicas en sus hogares, pero ningune de elles trabaja a tiempo
completo. Al preguntarle sobre a cuantas personas full-time equivaldrían,
respondió que a dos, o como mucho tres. Ante la pregunta sobre si planea
incorporar a sus hijos al proyecto cuando sean más grandes responde que
ciertamente le gustaría, pero que por el momento elles no demuestran ninguna
señal de posible interés en ser parte del proyecto (actualmente tienen 14 y 16
años).
A pesar de su residencia y taller en la ciudad, Belén continúa
obteniendo ella misma su materia prima en las islas, y continúa activando en la
cooperativa Origen Delta, espacio en el cual sus compañeres reconocen el
carácter artesanal de su labor, la procedencia de sus materiales, sus años de
experiencia isleña, así como su activo protagonismo en la organización. Tanto a
través de la promoción del bambú que sus productos representan, como de las
tareas de articulación y proyectos de trabajo colectivo (presentes y futuros),
colaboran con la valorización simbólica y económica de la producción isleña de
escala doméstica, a pesar de su radicación urbana actual.
En resumen, la cantidad de empleades o la posibilidad de acumular cierto
capital (expresada en la capacidad de invertir en vehículos y maquinarias)
podrían ser esgrimidos para plantear que la escala del proyecto dejó de
responder a la categoría de EP y podría tratarse ya de una micropyme[13]. Sin embargo, lo que me
interesa destacar aquí es la continuidad de algunos elementos que persisten
desde los orígenes del proyecto, articulados en una lógica particular, y que
pueden ser aún analizados con las herramientas de la categoría chayanoviana de
la unidad doméstica de producción.
El proyecto descansa en el autoabastecimiento de materia prima. La
rentabilidad que obtiene la productora se desvanecería si (alejada de los
bambusales que dieron origen al proyecto por causas de la violencia de género)
optara por adquirir las cañas de otres productoris. Belén asume la cosecha, el
transporte por agua y tierra de los materiales, en largas jornadas laborales.
Eventualmente contrata jornaleres para estas tareas (que recluta entre
amistades y allegades), pero en muchas ocasiones es sólo ella, o ella con la
colaboración (no cuantificada monetariamente) de su nueva pareja. Para las
facetas posteriores, mientras pudo se apoyó en el trabajo del padre de sus hijos
o en sus familiares (aunque el trabajo de estes últimes si estaba contabilizado
y compensado monetariamente, con un sistema domiciliario de pago por pieza).
Fueron la ruptura de la unidad doméstica y el despojo material de su
vivienda-taller los factores que la llevaron a reasumir algunas tareas y
delegar otras en empleades a tiempo parcial. Poco se ha hablado de los
divorcios y la violencia de género en los estudios de campesinado y producción
doméstica clásicos, pero sin dudas puede trazarse un paralelo entre estas
circunstancias y otras formas de fisión de las unidades. Belén quisiera
incorporar a sus hijeos a la dinámica de trabajo,
pero su edad no permite aún siquiera plantear esta posibilidad.
En relación a sus hijos, considero importante realizar otro
señalamiento: por el momento no son sólo ‘bocas a alimentar’ (en el sentido
chayanoviano), sino seres a cuidar. El mantener la unidad del taller y el
hogar, ha permitido a Belén incrementar el mecanismo principal que tiene para
responder a las demandas productivas: la auto-explotación o prolongación de la
propia jornada de trabajo, la cual, en línea con las definiciones teóricas, no
es contabilizada en términos salariales o de valor/hora, sino en función de los
consumos necesarios para el hogar y/o y la posibilidad de incorporar alguna
maquinaria o comprar insumos anticipadamente para ganarle a inflación.
El complejo panorama económico argentino de los últimos años, con
inflación incremental y ciclos recesivos y de crecimiento, influye en los
costos de los insumos y en las posibilidades de ventas, haciendo que no sea
sencillo planificar y/o mantener una determinada rentabilidad. Cuando en
determinadas circunstancias hay picos de demanda o tiene eventos especiales,
Belén puede recurrir o no a contratar más horas de trabajo pago, pero
primordialmente, siempre habrá prolongación de su propia jornada. En sentido
similar a lo planteado por Balbi (2008) sobre la búsqueda de
ganancia por parte de les productoris rurales de base doméstica, Belén entiende
claramente las señales del mercado que la afectan o pueden circunstancialmente
beneficiarla y trata de adelantarse a ellas o utilizarlas en su favor, dentro
de su margen de posibilidades.
Como he mostrado, Belén pudo resolver las situaciones más acuciantes
(herramientas y logística), pero sigue sin poder acceder a importantes
factores, como la vivienda y cañaverales propios, lo cual la expone a una gran
inestabilidad e incapacidad de planificación a largo plazo[14].
CONCLUSIONES
Este trabajo
pretende haber sido una introducción a una temática poco abordada en la
literatura de las ciencias sociales sobre el Delta del Paraná: la labranza de
bambú y las características socio-económicas de les actoris involucrades en
ella. Dentro de los límites de extensión que un artículo permite, he intentado mostrar
que esta actividad merece un abordaje particular, a pesar de no contar con el
peso económico o el carácter tradicional de otros cultivos de la región.
El turismo y la
producción forestal a gran escala no generan suficiente cantidad y calidad de
empleo y oportunidades económicas para todes les habitantes del Delta, dando
lugar a una creciente población que busca generar proyectos alternativos que le
permitan garantizar la reproducción de sus hogares. Muchos de estos proyectos
son de pequeña escala y se realizan mayormente con herramientas de la vida
cotidiana en las islas y aprovechando recursos disponibles de la vegetación
local. Planteo que dichos emprendimientos deben ser comprendidos en la
intersección de las categorías de AF y EP, pues comparten problemáticas afines
con ambos sectores.
Dentro de ese
aprovechamiento de la flora local, el bambú posee una trayectoria particular.
Siguiendo tendencias internacionales, dicha planta fue foco de un programa
provincial de fomento entre 2008 y 2015, el cual no logró el alcance esperado
por sus promotoris. Les productoris capitalizades no se interesaron en el
posible recurso y el programa no tenía líneas de financiamiento que pudieran
ser aprovechadas por les productoris de escala doméstico-popular, que en su
mayoría no contaban con tierra suficiente para cultivar. Sin embargo, el
programa efectuó una importante labor de difusión y colaboró en el surgimiento
de un pequeño núcleo de productoris que han continuado con la producción, la
difusión y la generación de redes y propuestas de desarrollo local sustentable
en base al bambú.
Hoy existe una
veintena de personas trabajando con el bambú en la región, con mayor o menor peso
de este recurso dentro del repertorio de estrategias de reproducción. En
particular se destaca la trayectoria de Belén, que comenzó a producir
instrumentos musicales hechos en bambú, primero para su familia, luego como una
forma complementar sus ingresos como docente, mientras que actualmente cuenta
con un proyecto de envergadura considerable y un catálogo diversificado. Los
inicios de Belén en el bambú encajan claramente en las definiciones de AF y EP:
una iniciativa económica desplegada en una base de operaciones situada en un
medio rural, basada en el trabajo unipersonal o familiar, aprovechando recursos
ociosos de libre acceso, utilizando herramientas de la vida cotidiana.
Cuando el proyecto
comenzaba a crecer, la violencia de género obligó a Belén a reconfigurar su
emprendimiento. Perdió su hogar y taller en el Delta, y la posibilidad de
utilizar la fuerza de trabajo de sus familiares indirectes y el fácil acceso a
cañaverales cercanos. Sin embargo, la experiencia adquirida, el pequeño capital
económico acumulado y los diferentes vínculos tejidos a lo largo de la etapa
previa, le permitieron adaptarse a la situación y continuar produciendo.
Si bien ahora
cuenta con algunes empleades, el principal factor que explica el funcionamiento
y crecimiento de Suflaifla es a la labor personal de Belén en la cosecha de
cañas (y mantenimiento de cañaverales) y la auto-explotación en largas jornadas
laborales, combinadas a su vez con las tareas domésticas y de cuidado de sus
hijos, posible gracias a la no-separación de la unidad de vivienda de la de
producción.
A su vez, uno de
los principales factores que continúan actuando como limitante en su capacidad de
proyección a largo plazo -y, por ende, generador de precariedad- es la falta de
tierra para cultivar y procesar la caña en origen, situación que genera costos
adicionales de logística y obliga a utilizar mano de obra no isleña.
A partir de lo
expuesto, considero que la idea de cotidianeidad me ha permitido reflexionar
sobre la escasa visibilización y valorización del bambú como recurso en nuestro
país, sobre cómo algunes isleñes encontraron la posibilidad de inventarse un
oficio en base a él comenzando con herramientas básicas. Esta análisis de las
particularidades de la explotación del bambú en el Deltame ha permitido exponer
los elementos centrale de las categorías de AF y EP, mientras que el caso la
trayectoria de una luthier de cotidiáfonos y productora bambusera me permitió
explorar los límites porosos de estas categorías
. Si bien las limitaciones de extensión no me permiten abordar los debates con
la exhaustividad que quisiera, espero que el artículo funcione para motivar a
sus lectoris a profundizar en las temáticas expuestas o apropiarse de las
categorías analizadas para sus propios estudios.
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[1] Artículo enviado: 11 de abril de 2025.
[2] Dado que adhiero a la consideración del
denominado lenguaje inclusivo como “una intervención política relevante sobre
la lengua” (Res. 2100/19, Consejo Directivo de la Facultad de Filosofía y
Letras, Universidad de Buenos Aires) el presente texto está escrito en dicho código
lingüístico para evitar la asunción de exclusividad masculina o falta de
precisión sobre la presencia de mujeres u otras identidades sexo-genéricas en
los colectivos descriptos. Por lo tanto, en aquellos casos en que el español
tradicional utiliza la letra o como marcador de supuesta neutralidad, la
reemplazo por la e; y en aquellos casos en que la e está asociada
a la declinación masculina, utilizo la i.
[3] Por moderno me refiero al período
iniciado a mediados del siglo XIX, cuando dirigentes políticos de raigambre
positivista, comenzaron a desarrollar un plan específico de colonización y
producción para la región.
[4] Sobre las diferentes visiones sobre la utilización de las categorías de
campesinado y agricultura familiar en la actualidad se pueden consultar Ratier (2004), Balazote (2021), Barbetta et al, (2012), Manzanal y Schneider (2011), entre otros.
[5] La similitud de la definición del NAF con los
planteos del clásico texto de Chayanov (1974) sobre las unidades domésticas
campesinas y sus lógicas es notable, y es una reflexión que merecería un
artículo propio. Fleitas et al (2020) son una buena aproximación a estos vínculos.
[6] Tala rasa es la jerga
para referirse a un método de cosecha considerado dañino por les promotores del
manejo sustentable del bambú. Consiste en el corte indiscriminado de cañas, sin
diferenciar entre cañas jóvenes y maduras Cuando un cañaveral es talado de esta
manera, sufre un stress biológico y responde haciendo brotar nuevos
tallos, pero de diámetros muy delgados y con ramificaciones no deseadas, por lo
que retrasa en varios años la maduración de nuevas cañas con las condiciones
estructurales necesarias para procesos de posterior agregado de valor (Peña & Tokatlian, 2013).
[7] Nombre omitido en función de resguardar mi anonimato durante la
evaluación, será incluidos (con consentimiento) si el artículo es aceptado
[8] Pequeña ciudad de la zona cordillerana del
país, a más de mil kilómetros de Buenos Aires y el Delta.
[9] El valor del suelo en el Delta es
considerablemente menor que en la ciudad, y para esos años el boom turístico
aún no había alcanzado el pico de su impacto gentrificador (Halpin, 2023).
[10] Tiempo atrás, había comenzado instalar algunas
máquinas en dicho galpón, para continuar con determinadas operaciones de
procesamiento mientras estaba en la ciudad.
[11] En aras de acortar la exposición, agregaré
aquí que cuando eventualmente debió mudarse del galpón prestado, se le presentó
la dificultad de buscar nueva vivienda y taller. Luego de no poder conseguir
una nueva alternativa unitaria, debió resignar otros espacios separados, pero
de mejores cualidades, en pos de seleccionar un taller y un departamento que
estuvieran al menos próximos entre sí (dos cuadras), para mantener la posibilidad
de maximizar el tiempo de trabajo.
[12] Previamente, trasladar los instrumentos
terminados o semi-terminados era mucho más sencillo que trasladar las cañas,
podía hacerse incluso en un bolso en transporte público fluvial.
[13]
https://www.argentina.gob.ar/produccion/registrar-una-pyme/que-es-una-pyme
[14] Tampoco ha podido acumular suficientes
reservas como para costear el avance de diferentes medidas judiciales (civiles
y penales) a su ex pareja, que no satisfecho con las distintas formas de
violencia que ya ejercía, ha sumado también el plagio de sus diseños.
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